Boxeo

Crochet de Eli a las adversidades

  • Eli se olvida de su espina bífida cuando se pone los guantes y suelta los derechazos

  • No hay competición, compite contra el compadecimiento

Eli, entrenando con Luis David. Eli, entrenando con Luis David.

Eli, entrenando con Luis David.

Acerca del mundo del boxeo hay muchos mitos y leyendas. Positivos y negativos, que se retroalimentan entre sí. Es tan fácil criticar a un deporte que tiene ciertamente un componente violento cuando se practica de manera profesional, como sencillo resulta obviar su carácter social. Muchos son los niños (o no tan niños) que han dejado atrás las malas compañías y los malos hábitos cuando se han subido al ring.

Quizás el mejor ejemplo de ello esté en el gimnasio Roquetas Boxing. Muy del estilo americano de buhardilla donde se han forjado grandes campeones. Un humilde centro de entrenamiento, con un ring de medidas de andar por casa, donde acuden unos futuro púgiles cargados de ambición e ilusión. No todos quieren sentir en su cara las onzas del guante del rival. Hay quienes simplemente acuden por el ambiente familiar y sano que se respira, además de lo saludable que es mantenerse en forma y aprovechar el apartado físico de un deporte que te obliga a estar activo en cada ejercicio.

Esto es lo que buscaba Eli, un pasatiempo que tuviera su mente distraída, un deporte que le hiciera experimentar el subidón de adrenalina que supone el trabajo bien hecho, el hecho de alcanzar una meta propuesta con la que siempre soñabas pero nunca veías cerca. Esta roquetera de 26 años tiene espina bífida [un problema de nacimiento que afecta a la médula espinal y en los huesos de la columna vertebral] que lejos de desmotivarla y anclarla en una silla de ruedas, es un desafío personal para demostrar que en su vida manda ella, su capacidad de superación, no el mielomeningocele.

“Empecé a boxear hace seis meses porque no encontraba ningún deporte que me motivara. Me hablaron del boxeo, probé, me encantó y estoy con mucha motivación por seguir”, y por ser el mejor ejemplo para todas aquellas personas con problemas físicos que esconden en la compasión general, la vitalidad que cualquier persona tiene: “Creo que lo que yo hago es superarme a mí misma. Me gustaría competir, pero de momento no hay competición. Lo hago para demostrar que no todo son barreras para personas con alguna discapacidad”.

Crochet de derecha, gancho de izquierda, buena defensa... En seis meses ha interiorizado perfectamente los principios básicos del boxeo. Gran parte de la culpa la tiene su entrenador, Luis Daniel Alguilar, que le controla “la posición” y “evita que fuerce” más de lo que su cuerpo le permite, para evitar lesiones. “Después del calentamiento, hago un trabajo específico para fortalecer toda la musculatura y la columna vertebral. Me siento con más fuerza física y mental”, cuando exhausta se seca el sudor con una toalla. Es lo menos bueno de ser deportista aficionado, no tiene a un masajista que te seque, te alivie las molestias musculares y sumerja en agua el protector bucal.

Compañeras, entrenador y Eli. Compañeras, entrenador y Eli.

Compañeras, entrenador y Eli.

Como a cualquier persona, el bajonazo de adrenalina le deja choof. Es precisamente en esos días cuando más echa de menos sus guantes, las doce cuerdas, los consejos de Luis Daniel. “Cuando tengo días malos o tengo que hacerme alguna prueba delicada u operación, como próximamente, el boxeo me desfoga y me ayuda a liberarme de los pensamientos negativos y de la impotencia”, finaliza Eli mientras mueve el cuello de lado a lado, en un gesto que delata a los buenos boxeadores.

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