En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
La mañana del 2 de mayo de 1808 amaneció en Madrid con una tensión que llevaba meses incubándose. Los españoles habían visto cómo Napoleón, con engaños y promesas falsas, había conseguido que la familia real española cayera en su trampa. Carlos IV y su hijo Fernando VII, víctimas de sus propias ambiciones y debilidades, habían sido llevados a Bayona como marionetas en manos del emperador francés. Lo que comenzó como una supuesta alianza entre naciones se reveló pronto como una ocupación disfrazada. Las calles de Madrid estaban llenas de soldados franceses que, bajo las órdenes del mariscal Murat, se comportaban como dueños y señores de la ciudad. El pueblo, humillado pero paciente, aguantaba estoicamente mientras veía cómo su patria era repartida como un botín. Pero todo tiene un límite.
El detonante final llegó cuando los franceses intentaron llevarse al último miembro de la familia real que quedaba en Madrid: el joven infante Francisco de Paula. Fue entonces cuando, según los relatos de la época, una anciana llamada Manuela Malasaña -madre de la heroína costurera que daría nombre al famoso barrio madrileño- comenzó a gritar desde la multitud: “¡Que nos lo llevan!”. Este grito, repetido de boca en boca como un reguero de pólvora, encendió la mecha de la rebelión popular. Lo irónico es que los franceses actuaban con permiso del propio Fernando VII, pero el pueblo, harto de humillaciones, ya no distinguía entre sutilezas diplomáticas.
Los combates se extendieron por toda la ciudad con una ferocidad que sorprendió a los franceses. En la Puerta del Sol y calles aledañas, los madrileños se enfrentaron con lo que tenían a mano a los temidos mamelucos egipcios, aquellos jinetes de turbante y cimitarra que Napoleón había traído de sus campañas en Oriente. Su aspecto exótico causaba pánico, pero el Manzanares se cobraría venganza: muchos de estos guerreros, vestidos con sus pesados ropajes, encontraron la muerte ahogados en sus aguas al intentar huir.
El epicentro de la resistencia estuvo en el Parque de Artillería de Monteleón, donde los capitanes Daoíz y Velarde urdieron una audaz trampa. Con astucia militar, permitieron la entrada a los franceses fingiendo rendición, solo para activar su plan maestro: un cañón cargado con metralla, estratégicamente oculto, que diezmó a los invasores cuando se agruparon en el patio.
Durante horas, estos héroes y un puñado de valientes mantuvieron en jaque a todo un ejército, escribiendo una de las páginas más gloriosas de nuestra historia.
Al día siguiente, mientras el mariscal Murat ordenaba lavar las calles para borrar las huellas de la masacre, ocurrió algo inquietante: el agua, al mezclarse con la sangre aún fresca, hacía brotar de los adoquines un líquido rojizo que los madrileños interpretaron como señal divina. Este macabro fenómeno, que hoy la ciencia explica por la porosidad de la piedra, se convirtió entonces en símbolo de que ni la tierra misma consentiría el olvido.
Hoy, más de dos siglos después, el espíritu del Dos de Mayo sigue vivo. No como un mero recuerdo histórico, sino como un ejemplo de lo que ocurre cuando los españoles dejan a un lado sus diferencias y se unen frente a la adversidad. Aquel levantamiento, aunque fracasó militarmente, fue la chispa que encendió la Guerra de la Independencia, un conflicto que demostró al mundo que España no era una nación dispuesta a arrodillarse. Hoy, en tiempos de incertidumbre y desafíos, el ejemplo de aquellos madrileños anónimos nos recuerda que la grandeza de un país no está en sus gobernantes, sino en su pueblo.
El Dos de Mayo no es solo una fecha en el calendario, es un espejo en el que mirarnos. Nos muestra que, cuando todo parece perdido, surge esa fuerza interior que ha definido a España a lo largo de los siglos. La misma que llevó a los numantinos a preferir el fuego antes que la rendición, a los tercios a cargar contra imposibles, o a los españoles de todas las regiones a unirse contra un invasor común. Ese espíritu no ha desaparecido, solo espera el momento de volver a despertar. Porque la historia nos enseña que, cuando España parece tocar fondo, siempre surge lo mejor de su gente. Y hoy, como entonces, ese será el camino para salir del abismo.
Los franceses pensaron que podrían dominar España en semanas. Se equivocaron. Porque no contaban con que, más allá de reyes y gobiernos, existe un pueblo que, cuando se siente amenazado en lo más profundo de su ser, es capaz de lo imposible. Ese es el verdadero legado del Dos de Mayo: la certeza de que, mientras quede algo de aquel espíritu, España siempre tendrá futuro.
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