En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
LA Iglesia Católica despierta tal fascinación que ni siquiera quienes la denuestan la pueden ocultar. Su ceremonial sacramental es tan rico e intenso que sus opositores no pretenden suprimirlos o rechazarlos sin más, sino que aspiran a sustituirlos por alternativas laicistas que en ocasiones rozan el ridículo. La novedad más extravagante es el bautismo laico.
Puede que sólo sea una bufonada para llamar la atención o para que algún político crepuscular recupere una antigua notoriedad. Acaso con el bautismo laico no se pretenda más que hacer mofa del primer sacramento. Tal vez sea sólo una ocurrencia inocente para competir con un acto eclesial sin trascendencia jurídica o legal alguna. Quizás este bautismo laicista sólo constituya una metáfora para nominar un ritual de iniciación en dios sabe qué doctrinas. O qué creencias…
Cualquiera de las justificaciones ofrecidas por los propios oficiantes es cómica, cuando no siniestra, porque la misma denominación dada al folclórico suceso alude radicalmente al hecho religioso que se le quiere negar. Basta con consultar el DRAE.
Si se presenta el acontecimiento como una bienvenida a la ciudadanía debe de ser porque antes de su bautismo civil el niño no tiene la naturaleza de ciudadano ni los derechos que corresponden a su condición. Y si los derechos deben serle otorgados habrá de ser porque no le son inherentes, sino que constituyen una gracia que el político le regala. Si el evento es una bienvenida a la democracia debe de ser porque fuera del grupo de los iniciados en la nueva religión no puede haberla. Si se presenta el ritual como una acogida a los principios de libertad e igualdad o un reconocimiento de su dignidad para desarrollar libremente su personalidad debe de ser porque el niño no bautizado civilmente ni es libre, ni igual a sus semejantes ni tiene ocasión de desarrollarse. Si se muestra como un compromiso con los valores constitucionales cabe preguntarse si el niño es consciente de su contenido o si puede tener el mismo compromiso con la alta norma el niño no bautizado civilmente. Si el ceremonial consiste en la lectura de poemas y derechos de la infancia, entonces es un acto docente, educativo o cultural. Y si la ceremonia es una mera defensa de la alegría y el afecto, entonces es una simple fiesta.
Sea cual sea la intención que persiga la farsa, no pasa de ser risible, porque revela una ideología que se presenta públicamente como disfrazada de religión. Nada habría que objetar a la broma si no fuese porque la nueva evangelización se apoya en una decidida cruzada contra la Iglesia Católica.
También te puede interesar