El manuscrito

Generación Sísifo

El personaje de Sísifo representa la eterna repetición de una tarea inútil e interminable

Existe en la Mitología un personaje que, por dedicarse a engañar a los Dioses para no morir, fue castigado a empujar durante toda la Eternidad un pedrusco enorme cuesta arriba. Quedaría liberado de su condena cuando lograra dejarlo en todo lo alto, pero la roca siempre volvía a bajar y él tenía que repetir una y otra vez la tarea. Así, sin esperanza de que llegara el fin del mundo porque, para los griegos y los romanos, eso no se produce nunca.

Sísifo, que es como se llama el tipo en cuestión, representa el esfuerzo inútil y el sufrimiento de la constante repetición de una tarea que nunca termina y no sirve de nada. Los Dioses antiguos también podían tener negra bilis cuando se los enfadaba: que se lo digan a Tántalo, a Aracne, a Dafne, a la pobre Casandra, condenada a predecir el futuro y a que nadie le hiciera caso, todo por no ceder al acoso sexual de Apolo.

Cada generación tiene algo que la marca. La mía, la de los que hemos pasado el medio siglo, no va a ser menos. Dejo a un lado esas marcas comerciales de X, Y, Z, millennials y todo lo demás: lo nuestro es más racial, más mediterráneo, más español y mucho español. Parecemos condenados a ver defraudadas nuestras esperanzas, reconstruirlas y volver a verlas venirse abajo. Nacimos en un mundo que garantizaba un piso barato, un Seat 600 y ningún derecho democrático.

La Transición nos cogió con acné. Fuimos educados en un sistema autoritario, memorístico y falto de espíritu crítico. "Estudia, saca una carrera, busca una colocación", nos decían. "El que la sigue la consigue", nos decían. El mundo era un progreso constante hacia la felicidad de lo estable, hacia la conquista de la "aurea mediocritas", la dorada medianía horaciana.

Pero no. La crisis del petróleo reventó en las narices de nuestros mayores: adiós, precios bajos. La de los años ochenta nos rompió las expectativas laborales: adiós, colocaciones seguras. En los noventa, la conversión de los Parlamentos en Consejos de Administración ya era palmaria. Con la burbuja del ladrillo, vimos venirse abajo el espejismo del pelotazo y no cambiaron las leyes para evitarlo.

La Peste nos fuerza ahora a convertirnos en seres digitales. Siempre igual: cada cierto tiempo, un terremoto nos sacude y tenemos que volvernos a inventar. La estabilidad del sistema se basa en su inestabilidad, que nos pone en sus manos y nos corta las nuestras. Somos la "generación Sísifo".

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