Gobierno de la estulticia

No existe mayor escaparate de la Oclocracia que el de las redes sociales de internet

En una reciente entrevista, el ex presidente madrileño Leguina afirmaba, para desprestigiar al actual líder de su partido, que no creía en la militancia y, arriesgándose aún más en su desafío a la tiranía de lo políticamente correcto, concluía su poca fe en el pueblo por el frecuente carácter errático de sus decisiones. Estos contundentes asertos cuestionan de forma virulenta la legitimidad de un santificado sistema democrático que, para muchos, no pasó nunca de oclocracia. Fue Polibio, historiador griego, quien definió la Oclocracia en fecha tan temprana como el 200 a.C. Literalmente significa "gobierno de la muchedumbre", entendiendo muchedumbre como una mayoría ignorante y corrompida por los ejercicios continuados de la demagogia y de la manipulación, perpetrados por el poder con el único fin de perpetuarse. La muchedumbre se asimila aquí, por tanto, al populacho, a la turbamulta y, en definitiva, a la masa inculta, fácilmente moldeable y manipulable. Así lo entiende también Rousseau en El contrato social, que recoge la teoría aristotélica evolutiva de los sistemas de gobierno, donde la Oclocracia sería el último, cronológicamente hablando, y el peor de todos ellos. Otros pensadores modernos como Ortega han analizado el asunto de forma brillante. El gobernante oclócrata -o populista- enardece al pueblo con proclamas identitarias, poéticas e irracionales; perfila un futuro dorado de absurdas utopías. Apela a los sentimientos raciales y al miedo a lo desconocido, a lo nuevo o a lo diferente, a los que demoniza. Potencia los ritos y tradiciones religioso-nacionalistas de la tribu y evita la formación científica del pueblo. Se sirve para todo ello de su dominio y control sobre los medios de comunicación y de educación. Un pueblo así corrompido no integra un verdadero sistema democrático y en la actualidad -donde paradójicamente tenemos un elevado nivel de cientifismo e información por la revolución digital- no queda eximido de culpabilidad. Al tiempo que el acceso al conocimiento es hoy inmediato y gratuito en nuestras sociedades del desarrollo, una mayoría popular, voluntariamente, ha decidido permanecer en la indoctura y la necedad. No existe mayor escaparate de la Oclocracia que el de las redes sociales de internet. Allí se manifiesta con virulencia extrema la expresión de la tontuna; una masa de ignorantes opinando orgullosamente en multitud de temas sobre los que no tienen el menor conocimiento.

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