El manuscrito

Las dos caras de Jano

Cuando hablamos de mitología, hablamos de religión: los dioses antiguos (no solo los griegos aunque se les haya dado más tronío)

Vivimos ya en los finales del mes de agosto de un año que marca el triunfo de la ciencia sobre el virus, la transición de la alarma a la normalidad y la derrota de algunas fantasías paranoicas. En un nivel más bajo, estamos entre el final del verano y el principio del curso, que cada vez empieza antes sin que haya una razón razonable en los razonamientos que intentan justificarlo. Entre dos momentos, con el recuerdo de lo pasado y el advenimiento de lo por venir, me apetece traer a las letras la imagen del dios romano de los umbrales, el que a la vez mira en sentidos opuestos, el bifronte, el de dos caras, el que le da su nombre a enero: Jano.

Debemos tener especial cuidado al hablar de la mitología: no invocamos historietas a lo Marvel, aunque algo de eso haya en los poetas, sino que hablamos de dioses, semidioses, héroes y personas notables que configuran una forma de entender al ser humano en el mundo. Cuando hablamos de mitología, hablamos de religión: los dioses antiguos (no solo los griegos aunque la educación les haya dado más tronío) transmiten con sus sucesos historias, noticias y, para lo que quiero desarrollar hoy, símbolos, o sea, elementos con su propio significado y con el que les queramos dar, porque un símbolo siempre adoptará la interpretación que nos venga bien y pueda ser compartida con otras personas. Los símbolos adquieren su sentido solo cuando se los proporcionan las personas y carecen de él cuando ya nadie los utiliza.

Por supuesto, Jano podría ser trasunto de algún mítico rey de los momentos de adopción de la escritura (se le atribuye su invención) o el dios que mira el final de las tareas del campo en diciembre y su reinicio en febrero. También podríamos considerarlo un símbolo de la dualidad del mundo: si fuera un orador, consideraría los términos opuestos del asunto antes de tomar la palabra; si fuera un declarador político, se le vería casado a la vez con una razón y su contraria, según soplaran los vientos de las encuestas y las estrategias electorales; si fuera uno de esos hipócritas que pueblan y desgracian la existencia ajena, mostraría una cara a los propios y la contraria a los extraños. Todos esos rostros tienen algo en común: se olvidan del término medio. Igual deberíamos mirar menos al pasado y esperar menos del futuro, centrarnos en el ahora prescindiendo de lo que fue y lo que aún no es. No ser Jano podría estar muy bien.

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