
Libertad Quijotesca
Irene Gálvez
¿Hasta cuando?
Reflejos
Pedro Laín Entralgo, en su libro “España como problema” (1948), decía que nuestra realidad social era producto de «la colisión agónica entre la hispanidad tradicional y la modernidad europea». Desde el siglo XIX es visible la tensión política entre dos núcleos de pensamiento, uno ultraconservador y otro progresista, que en ese siglo adoptó las denominaciones de Carlistas y Liberales. La influencia de ambos movimientos dirige la historia moderna de España.
El carlismo quería la vuelta a una Monarquía absoluta, basada en un Reino unido por el Catolicismo, el Rey y las costumbres antiguas, resumidas éstas en aquellas más peculiares de su región. Los fueros significaban el acuerdo entre el Rey y los territorios hispánicos, siendo la fe católica la sustancia que consolida esa unión, pues es en definitiva quien justifica el poder del monarca. Piensa que todos los males patrios nacen de la influencia extranjera. Considera a la ilustración, y modernidad, como culpables de la decadencia española.
Frente a ellos se alzaban los progresistas, quienes creían que la causa de los males patrios era consecuencia de un mundo oscurantista, sometido al poder real y a la Iglesia, apartado de los avances de la ciencia y nuevas ideas imperantes en el continente europeo. Querían un país vitalista, fuerte, reconstruido, que participara en los avances científicos y del pensamiento. Frente al poder del Rey, la Iglesia y aristocracia, querían la igualdad de las personas, la participación del pueblo en la gestión del Estado, siendo el poder de éste quien rigiera su nueva expresión como Nación.
El liberalismo logró imponerse, sobre aquellos que pensaban ser reserva espiritual de Europa, y frente al que “inventen ellos”, los progresistas expresaban el “hay que europeizar España”.
Hoy día los tiempos han cambiado. Nuestro país ya no es tan católico, la Iglesia carece del poder e influencia de antaño. Tampoco la Monarquía es considerada fundamental. La religión no es la fe común que fusiona las regiones, por lo que el nuevo carlismo ha vuelto sus miradas a su entorno más próximo, siendo las costumbres ancestrales de su territorio lo único importante. En la parte progresista más exaltada, piensan que el origen del problema no es la historia de España, sino ella misma, por lo que se unen al bando nacionalista de las regiones, o piensan que la solución es sustituir el Estado actual, basado en la razón histórica, por una entidad nueva, distinta, o acaso disolverla en otra estructura política superior. Esta es la perspectiva de muchos sectores hoy día en España
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