Comunicación (Im)pertinente

Francisco García Marcos

La silla de Pedro en el vaticano

03 de mayo 2025 - 03:10

La muerte del papá Francisco, de nombre secular Jorge Mario Bergoglio, ha sido asunto de máxima atención mundial, dentro y fuera de la estricta confesionalidad. No en vano la comunidad de los católicos está compuesta por más de 1400 millones de fieles, unificados bajo unas mismas creencias, una misma figura y una misma organización. Conforma una estructura colosal, extendida por el mundo entero, con una incidencia potencial devastadora en todas las facetas de la vida social. Es comprensible, pues, esa atención rotunda.

El entierro del papa argentino se convirtió en una auténtica cumbre mundial, con representantes del máximo nivel de todas las partes del mundo que llegó a sentar en un apartado a los presidentes de Estados Unidos y Ucrania para abordar el fin del conflicto armado con Rusia. Francisco, además, ha sido un papa de gestos gratos que ha amargado con grandes cambios. Al final no se ha concretado ninguno.

Pasado ese ponticado, lo siguiente es la celebración del cónclave para la elección de un nuevo Papa para la iglesia cristiana. Para eso también vuelve a haber una enorme expectación, con sus correspondientes, e inevitables, quinielas.

Naturalmente, vuelve a aparecer la sombra de Nostradamus en el horizonte inmediato. Sin embargo, solo los muy cándidos y crédulos pueden albergar la más leve esperanza de que la próxima elección papal obedezca a alguna suerte de profecía.

Tampoco será elección del Espíritu Santo, como recuerda periódicamente la liturgia vaticana. El nuevo Papá no va a ocupar la Silla de Pedro. Esa es otra fórmula ritual, obviamente vacía de contenido.

El sucesor del papa Francisco será el presidente de una gran corporación extendida por todo el mundo, con innumerables propiedades de valor incalculable, como el de las joyas que contienen.

También dirigirá una cantidad ingente de empresas, muy diversificadas y productivas.Y lo principal, dispondrá de una autoridad moral poderosísima, con evidentes ramificaciones sobre la política de múltiples países. Cualquier vínculo con el Evangelio es mera coincidencia.

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