En la muerte de Rafael Sánchez Ferlosio La lengua de Alfanhuí

  • Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido el pasado lunes, dio cabida en su singularísima obra a un aforismo sapiencial y un articulismo bronco sin igual en las letras españolas

  • Juan Carlos Fernández Serrato, profesor de Periodismo de la Universidad de Sevilla, evoca y homenajea en este texto algunos de los rasgos fundamentales de su obra

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido el pasado 1 de abril a los 91 años. El escritor Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido el pasado 1 de abril a los 91 años.

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido el pasado 1 de abril a los 91 años. / D. S.

Rafael Sánchez Ferlosio, tan atrabiliario, tan pertinentemente impertinente, grafomaníaco y, al tiempo, desdecidor perpetuo de su propia fama, empeñado en molestarse a codazos a cada rato que alguien intentaba convertirlo en personaje de alguna entrevista laudatoria. Ese mismo Ferlosio, incómodo con el éxito de El Jarama, se preguntaba en 1962, al salir de su retiro en los estudios gramaticales y a propósito del cuarto centenario de Lope de Vega, "¿de qué podría escribir el que no ve ya el mundo?". Una pregunta clave, si tenemos en cuenta que lo que él quería era no perder de vista el mundo y que escribir no fue, quizá, sino el resultado inevitable de su obsesión por entenderlo.

Sabedor de que la realidad la construye el lenguaje, su máxima aspiración fue la conquista de la lengua, esa forma suprema de nombrar lo que existe que, por lo que sabemos, era lo único que le permitía verlo. Cada vez menos entregado a sí mismo, cada vez más vuelto de cara al mundo, así fue la vida escrita de Rafael Sánchez Ferlosio; la otra, quiso que nos fuera ajena. Siempre le cupo la duda, porque siempre fue su escritura polemista, vehemente y peleona.

Quizá suene a paradoja, pero lo cierto es que defender la propia lucha por la idea hasta el final significa inevitablemente lanzarse al vacío en un triple salto mortal encadenado y, por tanto, jugársela, es decir, no saber nunca qué viene después: ¿subir a las alturas de lo épico, despeñarse en la heroicidad derrotada de lo trágico y acabar en personaje de comedia a ojos de quienes nadan y guardan la ropa? Una vez cumplido el salto primero, toca enhebrar el segundo a la siguiente salida al ruedo de lo público y, así, hasta dar con los huesos en la arena.

Ahora que ya no está en cuerpo, con la camisa mal abotonada y la corbata floja, nos ha dado a todos por hablar del hombre. De su ejemplo, de su plumiferismo, hoy tan demodé que ya no es rentable en la era de la canonización de literatura sin gluten. Pero es triste el juego, porque el camino de ficciones que va de Industrias y andanzas de Alfanhuí a El testimonio de Yarfoz y llega hasta el decantado final en el ensayo, el aforismo sapiencial y en el casi obligado articulismo bronco no tiene igual en la literatura española de relevo que campea hoy por los suplementos literarios. Ha sido el triunfo, a lo Millán-Astray bufo, del grito burlador: "la obra ha muerto, vivan los autores".

Los pecios de Rafael Sánchez Ferlosio se venderán bien entre la gente bien de la cultura distinguida, quizá sus Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) puedan ser rescatadas para un mercado más amplio, en modo alguno El Jarama (1955) y tampoco los fragmentos de la gran historia de las guerras barcialeas que se permitió darnos y por las que Juan Benet andaba tan engreído (dijo haber sido el único lector del ciclo completo). Eso si pensamos en el producto escrito vendible, claro. Pero el caso es que la venta o no de sus papeles le importó a Ferlosio lo que daba para comer, tan antiautor él, pues lo que a él le desvelaba era comprender la relación del sentido lingüístico con el sentido de realidad y esa fue la trama en la que tejió el tapiz de su discurso de nombrador del mundo; de ahí su intenso tono moral, contar la lucha por ser.

Rafael Sánchez Ferlosio en una imagen del año 2004, cuando le fue concedido el Cervantes, máximo galardón de las letras españolas. Rafael Sánchez Ferlosio en una imagen del año 2004, cuando le fue concedido el  Cervantes, máximo galardón de las letras españolas.

Rafael Sánchez Ferlosio en una imagen del año 2004, cuando le fue concedido el Cervantes, máximo galardón de las letras españolas. / Efe

Su pelea con la lengua le lleva primero a la prosa de Alfanhuí, el niño que fue expulsado de la escuela porque había inventado un alfabeto raro que nadie entendía y el maestro temió que con ello diese mal ejemplo. Se fue, eso lo sabemos, pero quizá el mismo Alfanhuí se hizo testigo oidor al acercarse al habla de los otros en El Jarama, casi convencido de que en ellos estaba la razón. Se fijó la meta objetivista de reflejar lo real, a ver si aprendía algo de la vida. Lo contó y lo consideraron profeta. Se asustó, se hizo monje gramático.

Aprendió, esta vez sí aprendió que la palabra nombra y funda, por eso mismo, el mundo. Decidió dejar testimonio, no faltar a la palabra dada y empezó el relato simbólico de una lucha por recuperar el nombre que había perdido el niño expulsado de la sociedad. Tramó las guerras barcialeas y el exilio del príncipe Nébride, un compendio de los grados con los que la lengua construye la realidad y de lo importante que es el nombre que nos damos entre los otros.

El testimonio de Yarfoz (1986) y Los príncipes concordes (2005) fueron los únicos fragmentos de las guerras que quiso publicar, pero la lucha era por recuperar el buen nombre, por poder ser llamado el que quiso ser, como lo quiso también el príncipe Nébride, que sólo con el testimonio de sus actos, escrito por otro, pudo encontrar la palabra que en verdad le daba el ser.

Siguió en pie de guerra, la que le daría nombre propio o lo borraría en la nada. Polémicas, ensayos, aforismos. Dominó la lengua, dominó su escritura y se ganó la palabra suya. Al final resultó que esa palabra que lo nombraba era escritor y no escribiente. Ese nombre verdadero lleva aparejado un acto de suprema generosidad: hacerse del hombre la escritura que pugna por entender el mundo y contarlo. Un simple ejemplo, pero es que todo lo demás no importa. Lo curioso, porque es cosa rara, es que a mí me parece que ese nombre propio también tiene sinónimo: Alfanhuí.

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