Enseñarle a hablar a una piedra | Crítica

Últimos días del mundo

  • En la Dillard se sustancia una literatura espiritual que comienza en Jeann Paul y continúa en el naturalismo de Thoreau, en el terror pánico de Lovecraft, en la oscuridad adversa y rumorosa de Stephen King

Imagen de la escritora nortamericana Annie Dillard Imagen de la escritora nortamericana Annie Dillard

Imagen de la escritora nortamericana Annie Dillard

Es Jean Paul, en 1796, quien ofrece el derrotero último de este tipo de literatura. En su Discurso del Cristo muerto, el cual, desde lo alto del edificio del mundo, proclama que Dios no existe, se expresa ya, de modo definitivo, la arboladura nihilista de un terror pánico, en el que se formula un tipo de soledad que ya no es la soledad del pecador, abrasiva pero trascendental, sino la soledad profunda e inane del mero hecho biológico. También el gran Eça de Queiroz convertirá, en la primera mitad del XIX, a la pareja adánica en unos primates afligidos y errantes por la naturaleza hostil del paleolítico. Dillard, en este Enseñarle a hablar a una piedra, no acude al tono acuciante y sobrecogido de Jean Paul; no obstante lo cual, el lector se halla, a no dudarlo, ante una literatura apocalíptica.

Dillard se establece en esa frontera última o primera donde la humanidad desaparece, y la Naturaleza se enseñorea con su indiferencia hercúlea

Bien sea el hecho de nuestra irrelevancia como especie, bien la frecuente alusión a dios y al hecho religioso, la literatura de Dillard se establece en esa frontera última o primera donde la humanidad desaparece, y la Naturaleza se enseñorea con su indiferencia hercúlea. Una literatura, por otra parte, ésta de Dillard, que guarda una estrecha relación con la ideología protestante, así como con cierto colosalismo aterrador que está en Thoreau, pero también, y de modo más “moderno”, en Lovecraft. Es el tema de la Naturaleza como una apacible trituradora, junto a una visión atávica y sobrehumana, lo que concede una limpieza fría a las páginas, bien pensadas y bien escritas, de Dillard. De igual forma, es una mirada exterior/posterior al hombre, y el empeño de la especie por conquistar aquello que la obsede, lo que aquí se recoge. También una forma ¿atenuada, irónica? de ruego para que dios exista (como en Jean Paul), que ya hemos conocido bajo la floresta alcohólica y desordenada de Bukowski.

“Donde no hay dioses -decía d'Ors-, el dios es Pan”. Y no otra divinidad es la que alumbra estas páginas de naturaleza espiritual. De una espiritualidad abatida, probablemente, donde la voluntad del hombre se difumina y se pierde entre la nieve.

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