La reina Victoria | Crítica

Dios la salve

  • Renacimiento reedita la memorable biografía que Lytton Strachey, uno de los miembros más brillantes, mordaces y desinhibidos del círculo de Bloomsbury, dedicó a la reina Victoria

Lytton Strachey (1880-1932) y su íntima amiga Virginia Woolf. Lytton Strachey (1880-1932) y su íntima amiga Virginia Woolf.

Lytton Strachey (1880-1932) y su íntima amiga Virginia Woolf.

Un profundo sentimiento de alivio tranquilizó los corazones de los buenos patriotas cuando leyeron la biografía que Lytton Strachey, el iconoclasta fustigador de los mitos de Britania, dedicó a la soberana que había regido los destinos del Imperio durante más de seis décadas, dando nombre a la era que llevó a lo más alto el orgullo de los ingleses –¿qué saben de Inglaterra quienes sólo conocen Inglaterra?, se preguntaba el devoto Kipling– y su poderosa influencia, no sólo política o económica, en los lugares más remotos del planeta. Publicada tres años después de la deliciosa colección de retratos reunidos en Victorianos eminentes, donde Strachey abordaba con refinada ironía las venerables figuras del cardenal Manning, el reformador de la educación Thomas Arnold, la enfermera y madre de las enfermeras Florence Nightingale y el general Gordon, La reina Victoria (1921) ofrecía un panorama menos ácido de lo esperado, pero no dejaba de responder a la misma intención desacralizadora con la que tanto el biógrafo como sus amigos de Bloomsbury habían enfrentado el legado de sus padres.

La familia de la reina Victoria (1846) por Franz Xaver Winterhalter. La familia de la reina Victoria (1846) por Franz Xaver Winterhalter.

La familia de la reina Victoria (1846) por Franz Xaver Winterhalter.

La obra de Strachey destaca tanto por el estilo exquisito como por su maestría en el retrato de caracteres

Tomando distancia de la imagen divulgada por panegiristas y hagiógrafos, Strachey analiza la personalidad de Victoria –y de su marido el príncipe Alberto, al frente de un dramatis personae que incluye a familiares, ministros y otros subordinados– en todas sus facetas y encarnaciones, dejando constancia de sus no escasos límites e imperfecciones pero también de su tenacidad y de sus incuestionables cualidades para el desempeño del mando. Se nota que la impugnación no se refiere tanto a la señora, absurda pero simpática, como a la elevada moral burguesa que la reina ennobleció hasta convertirla en un rasgo genuinamente británico. Los críticos más severos reprocharon con razón a Strachey que el relato, sin duda admirable desde una perspectiva psicológica, no siempre se atenía a las fuentes o pasaba por alto los testimonios que no se adecuaban a su propósito, pero no hacía falta ser un experto conocedor de la materia para apreciar que la obra, tanto por el estilo paródico, bienhumorado, exquisitamente cáustico, como por su maestría en el retrato de caracteres, pertenecía menos al ámbito de la historiografía convencional que al de la pura y amenísima literatura.

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