Rogelio Reyes Cano | Catedrático de Literatura y académico de la Sevillana de Buenas Letras “La poesía alimenta el espíritu y me permite entender el mundo”

Rogelio Reyes

Rogelio Reyes

Generaciones completas de alumnos presumen de haber recibido lo mejor de sus enseñanzas. Firmas de relieve en el periodismo como José Antonio Carrizosa, Ignacio Camacho o Carlos Colón son algunos de esos ejemplos. En Plaza del Reloj, con brillante prólogo de Pablo Gutiérrez-Alviz, Rogelio Reyes ha recopilado una extensa gavilla de estampas de su pasado loreño, episodios y vivencias que le provocan remembranzas de años felices aunque difíciles. Ha dedicado su vida por entero a explicar la obra de los grandes poetas, a quienes profesa devoción y fidelidad.

–Permita que establezca un símil con el primer verso del poema ‘Retrato’ de Antonio Machado que de sobra conoce... ¿su infancia son recuerdos de un patio de Lora?

–En buena medida, así es. Luis Cernuda escribió en Ocnos que “para un andaluz, la felicidad aguarda siempre tras de un arco”. Algo parecido podríamos decir del patio, ese espacio mítico de muchas casas de Andalucía en el que el niño aprende a vivir. Yo pasé mi infancia en dos casas de Lora. Y en las dos había un patio que era el centro de la vida familiar. La primera era una casa muy grande, lo que en los pueblos se llamaba entonces una “casa de labor”, con sus cuadras y sus soberados, su corral y su pozo de agua fresca. En ella había un patio de grandes dimensiones cubierto por tres frondosas parras que en los veranos sombreaban gratamente aquel espacio en el que, en las noches de calor, gozábamos de su frescor. En la segunda, mucho más pequeña, el patio era un espacio lleno de plantas y de vida, el lugar en el que todos nos encontrábamos y en el que el niño estaba plenamente integrado.

–“Estos días azules y este sol de la infancia...” un verso escrito en un pedazo de papel arrugado, metido en un bolsillo de un abrigo desgastado, pudo ser lo último que escribiese Antonio Machado, ¿su verso preferido?

–No es fácil quedarme ni mucho menos con un solo verso. Pero le veo mucho sentido a un poema de Juan Ramón Jiménez al que he querido ser fiel hasta el momento: “Tira la piedra de hoy,/olvida y duerme. Si es luz,/mañana la encontrarás,/ante la aurora, hecha sol”. Como verá, además de una joya literaria, este poemita es todo un programa de vida.

–Continuando con las semejanzas: “Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres”... ¿Cree que su huella caló hondo en todos aquellos alumnos a los que impartió clases y les transmitió su amor por la literatura y el correcto uso de la lengua?

–Eso al menos es lo que he perseguido toda mi vida, y puedo decir sin vanidad alguna que son muchos los antiguos alumnos que me han agradecido mis clases. No siempre es fácil saber en qué medida uno logra entusiasmar a sus alumnos y despertar en ellos el amor por la creación literaria. Pero siempre he tenido la convicción de que nuestra labor nunca es del todo inútil, que nuestra siembra acaba siempre germinando en algunos espíritus, aunque sean pocos. Esa convicción es el mayor estímulo de todo maestro.

–¿Su admiración por Machado, Juan Ramón, Cernuda, Bécquer y otros grandes autores ha marcado su modo de vivir y pensar?

–Por supuesto. La buena poesía, que es siempre la manifestación más esencial del lenguaje, es también una escuela de vida, porque bucea en los enigmas más hondos de la condición humana. En la poesía encuentro un alimento para el espíritu sin el cual no podría entender el mundo.

–Plaza del Reloj, escritos sobre Lora (Caja Rural del Sur) es su autobiografía, un libro íntimo en el que se desnuda como niño y como hombre. Los jirones de una vida en un solo libro.

–En realidad no es tanto una biografía como un conjunto de vivencias de mi infancia y primera juventud en Lora en las décadas de 1940 y 1950, cuando Lora era un pueblo eminentemente rural en el que la vida de un niño discurría libre y desinhibida, muy en contacto con la naturaleza y con un campo todavía muy poco mecanizado y muy lleno de vida. Fueron también años de mucho rigor moral y político en el que se dejaba sentir el peso de la todavía cercana Guerra Civil y la escasez económica. Pero para un niño esos eran más bien avatares externos, cosas de mayores que no le concernían, de ahí que yo recuerde aquellos tiempos como una suerte de paraíso perdido, como todos solemos recordar nuestra infancia. De ahí el título del libro: la Plaza del Reloj, que es como los loreños llaman a la Plaza de España, es para mí un espacio mítico, el lugar de mis aventuras y mis sueños de niño.

"La devoción a la Virgen de Setefilla es lo que mejor define la historia de mi pueblo, Lora del Río"

–Una de las cosas que subyace de la lectura de este libro es su profundo amor a la Madre de todos los loreños, la Virgen de Setefilla.

–La devoción a la Virgen de Setefilla es la señal que mejor identifica la vida de Lora en el correr de su historia. Pasan los siglos, los cambios políticos, los acontecimientos de todo signo… y esa devoción perdura como roca inamovible, trasciende el ámbito estrictamente religioso y se convierte en una referencia total para entender el perfil histórico del pueblo.

–Su anterior publicación La España Interrumpida (Fundación Unicaja) es una radiografía perfecta de las disensiones territoriales de quienes habitamos la piel de toro. ¿Le preocupa la situación social de España?

–Como a cualquier ciudadano sensible a los problemas de su país, me preocupa mucho la situación actual del nuestro, sometido hoy a una dura prueba en la que se está poniendo en juego su misma identidad histórica. La más grave de todas las amenazas actuales es sin duda su posible fragmentación territorial, que, de consumarse, significaría la desaparición de España tal como hasta ahora la conocemos, la ruina de una gran nación que ha dado al mundo un modelo cultural propio y diferenciado, algo de lo que pocos países pueden alardear.

–¿Sufre cuando ve que se fomenta el uso de otras lenguas vernáculas por las distintas regiones en detrimento del castellano?

–La persecución del español dentro de la misma España es un despropósito increíblemente tolerado cuando no fomentado por los mismos poderes centrales. Los políticos que lo propugnan están engañando a los jóvenes al hurtarles el conocimiento de una lengua que hablan en el mundo más de quinientos millones de personas y su correspondiente cultura. En nombre de una supuesta identidad regional están creando auténticos analfabetos lingüísticos funcionales. La única solución a todo ello es el fomento del bilingüismo que durante siglos ha imperado en los territorios españoles que tienen también una lengua propia.

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