CRIMEN ALMONASTER

Almonaster y la Fiscalía de Huelva apoyan la medalla al policía que resolvió el doble crimen

  • Descubrió lo sucedido 18 años después del doble crimen, que estaba a punto de prescribir

  • El homicida cumple ahora 40 años de cárcel

El alcalde de Almonaster la Real (Huelva) y la teniente fiscal de Huelva figuran entre los testimonios remitidos al Ministerio del Interior para que conceda la Cruz al Mérito Policial a Ricardo Morente, el agente cuyo olfato y tenacidad permitieron descubrir el doble crimen de una madre y su hijo de 10 años cometido 18 años atrás.

La primera propuesta fue apoyada por inspectores y  jefes policiales de Homicidios y de la Policía Judicial, pero el ministerio del Interior hizo oídos sordos.

Ahora han reiterado su solicitud con un mensaje de la teniente fiscal (“número dos”) de la Fiscalía de Huelva, Isidora Solís. Esta fiscal fue la encargada del juicio que acabó con la condena a 40 años de cárcel impuesta a Genaro Ramallo por asesinato.

En su carta dice la fiscal que “la intuición e intensa implicación de Morente en la averiguación de lo sucedido fue especialmente valorada por la sala y reconocida por todos los que intervinimos en el juicio”.

No fue sólo la “destacada relevancia de la investigación del Grupo de Homicidios de Sevilla” -al que pertenecía Morente- sino también la “presencia y declaración en el juicio” del agente, que fue “clave para el convencimiento” del jurado que enjuició el caso.

En parecidos términos se expresa el alcalde accidental de Almonaster, Bartolomé Márquez: en nombre de toda la corporación, agradece a Morente su “investigación organizada, eficaz y determinante” que culminó con el hallazgo de los dos cadáveres y la detención y condena del culpable.

Morente trabajaba en el Grupo de Homicidios de la Policía Judicial de Sevilla, ciudad donde se habían denunciado las desapariciones. En 2011 le llegó un “caso frío”, que es como la Policía identifica aquellos sucesos sin esclarecer que están a punto de prescribir y a los que se da una “última oportunidad” para desbloquear la investigación. 

Un vecino de Sevilla había denunciado en 1993 la desaparición de su hija, María del Carmen Espejo, de 25 años, y de su hijo Antonio, de 10 años. Ambos vivían en Huelva con la pareja de la mujer, un profesor de matemáticas boliviano llamado Genaro Ramallo. 

Ramallo declaró a los investigadores que la mujer y su hijo lo habían abandonado y se habían trasladado a Madrid, pero que seguía hablando con el niño y viéndolo en ocasiones.

La realidad es que Ramallo enterró los dos cuerpos en el pozo de una finca rústica aislada, inhabitable y de difícil acceso que había comprado poco antes en Almonaster, un pequeño pueblo de la sierra onubense. Posiblemente las dos víctimas cavaron su propia tumba con la disculpa de que iban a construir una alberca. Ramallo les suministró luego medicación sedante y ansiolíticos para mermar sus defensas, les dio muerte -sin que se haya determinado el medio- y finalmente les decapitó según un antiguo ritual boliviano.

Morente comprobó que ni la madre ni el hijo habían renovado su DNI ni habían hecho movimientos en sus cuentas bancarias. Un día pidió a Ramallo una nueva declaración, el asesino se puso nervioso y cometió su primer error: llamó por teléfono a un vecino de la finca para preguntarle si había visto actividad policial. 

Con la certeza de que los cuerpos estaban allí enterrados, un radar de la Policía terminó por localizarlos dentro de un pozo cubiertos de escombros.

Los compañeros del veterano policía, jubilado en 2012, han solicitado para él la Cruz al Mérito Policial con distintivo rojo. Pero su abogado, Fernando Retamar, explica a este periódico que diferentes circunstancias del caso, como el hecho de que su acto haya redundado en un mayor prestigio del cuerpo, lo haría merecedor de la medalla de oro o de plata. 

Morente es un policía “de calle”, con olfato de “sabueso policial”. Recientemente ha abogado por buscar el cuerpo de Marta del Castillo en otra ubicación porque entiende que su asesino, Miguel Carcaño,  se pudo equivocar de carretera y confundir la de La Rinconada con la de La Algaba en sus declaraciones. 

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