Opinión
Renace el Katiuska
Te levantas una mañana, bajas a por el pan y descubres que vives en otra calle. ¿Cómo cambiar de calle sin haberte ido nunca? O, mejor aún, ¿cómo se cambia de calle sin cambiar de casa?
Parece un acertijo escolar, pero los vecinos del Tagarete ya conocen la respuesta: un sábado cualquiera, dos operarios municipales, una escalera, un taladro, un martillo y una placa nueva en la esquina bastan para complicar la vida administrativa de todo un barrio.
La antigua calle “Crucero Canarias”, en Almería, amaneció convertida en calle “Padre Antonio Vivas”. No hubo aviso a los vecinos, ni corte de cinta, ni discurso de la alcaldesa. Un bautizo civil sin padrinos ni público, sin foto oficial para la hemeroteca.
La vieja placa evocaba un crucero franquista que bombardeó la ciudad en 1936. Un detalle histórico que convivía con la rutina del barrio como las humedades: sabes que están ahí, pero prefieres no mirarlas.
El cambio obedece a la Ley de Memoria Democrática, aunque el Ayuntamiento de Almería ha necesitado cinco años desde el acuerdo plenario de 2021 para ejecutar lo aprobado.
Como si las decisiones sobre ciertos episodios históricos precisaran reposo antes que cumplimiento. Mientras otras inauguraciones -la plaza María Josefa Berenguel, la del doctor Juan José Salvador o la de Fausto Romero-Miura- sí contaron con solemnidad y presencia institucional, aquí el silencio oficial delata la incomodidad de cumplir por obligación y no por convicción.
Mientras el Ayuntamiento guarda la vieja placa de la calle “Crucero Canarias”, como canta la canción de Alberto Cortez, “en un rincón del alma/donde las ansias se pierden”, los vecinos naufragarán en la prosa burocrática: bancos, seguros, cambios en documentos digitales y certificados oficiales que siempre suelen sospechar de las intenciones vecinales.
Pero conservan su distrito y un balcón con geranios donde asomarse a la nueva calle, último consuelo ante la montaña de trámites que les aguarda.
Todo cambio urbano es, o debería ser, una lección cívica. Una convocatoria vecinal habría permitido explicar el sentido de esa corrección histórica.
En su lugar, eligieron un sábado discreto, dos operarios y una escalera. En los barrios, a veces, el ruido de un taladro suena más claro que cualquier discurso.
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