Opinión
Renace el Katiuska
La realidad es como el agua fría que sale de un calentador roto y que te despierta de todo lo imaginado. Ese despertar ahora tiene una sensación grata, y pone todo en su sitio, sólo que no hay ninguna diferencia porque, todo, real e imaginado, sólo está en tu mente.
La precisión-imprecisión con que los recogí de la estación, la simple forma de llevarlos al hotel, el calculado, con su pequeño estrés, trayecto a la televisión, la noche, el vino, que bebieron todos menos yo, todos vestidos con algo púrpura, todos, menos yo, con mi hermética decisión de no beber si voy a conducir, la sobrevenida adición de Beatriz a la troupe, la búsqueda de superglue para las uñas de Adolfo, la pilas para Luis, Concha, y su luz interior, la visión sobre la poca gente que va viniendo a la presentación de la Picasso.
Ana, dueña del día y su orden. La cámara y su cruel fijación, el saludo con sorpresa a los que por fin llegan, Ramón, Hellen, DiegoRafaelChipo, la constatación de que todo suena bien, de que yo empiezo, y soy por fin, breve. La situación, entre ellos, sin ser uno más, ni uno menos, sin ser nada de ellos, ni tampoco de los demás. La cordialidad, el ir, luego ya con Adolfo (Iglesias, no Rodríguez, que también), al hotel, otra vez, siempre el hotel, siempre el pulcro hotel, Marta, Mónica, Sonia. El alcohol, que llega para aunar ruidos, charlas cruzadas, conversaciones, barahúndas, que no agradan a Adolfo (el biografiado) que intenta poner orden sin éxito.
Y otra vez yo solo tomando una triste coca-cola zero en la tetería vacía, y siempre vuelta al limpio hotel, yendo ya hacia lo oscuro, la noche, recibiendo a los habitantes del lado B del día, los seres del nocturno caos que luego se ordena. Carmen, Carmen K (que me regaña varias veces), Sixto, José Miguel, Paulino, Abelardo, María Lago y todos los demás. Rosa, dueña de la noche que conozco y no conozco, cada instante está, como dije antes, en la mente, hasta con detalles insignificantes, y sólo en la mente.
Lo imperfecto cercano a lo fatal y lo mezquino que no prospera. Al día siguiente, esta vez vestidos todos más conjuntados, somos visitantes del mundo almeriense de Lennon, guiados perfectamente por Adolfo (Iglesias). La despedida serena. El tren. Y ahora que todo sale medianamente bien, yo sigo sin estar bien insistiendo en que algo no cuadra en toda esta sucesión de bondades. Pues claro, soy yo. Es decir, mi mente.
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