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Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

Arribar a puerto

A vueltas con la realidad, hay pocas dudas de que la alarma por emergencia ya sonó bastante. Ahora se está, con certeza, en otra cosa

Arribar a puerto Arribar a puerto

Arribar a puerto

Después de navegar durante más de tres semanas por este océano de aislamiento, habrá que pensar qué hacer. La cuestión nada tiene que ver con la falta de recursos para seguir en la brega. A bordo hay de todo: víveres, combustible, agua, libros,… La razón es otra muy distinta: el cansancio de la dotación.

A pesar del aislamiento, hay que reconocer que la mar estuvo plagada de encuentros agradables con otros navíos virtuales: los vecinos asomados al balcón a la hora del ocaso, el repartidor del supermercado que fue buque de aprovisionamiento con su carga de reposición, el matrimonio amigo con el que tomamos un cyber-vermú a kilómetros de distancia, o el encuentro "de vuelta encontrada" (de frente, cara a cara) con hijos y nietos. Todo a través de esas "tabletas", que en realidad deberíamos llamar "tablillas", porque en ellas se escriben mensajes y se dibujan imágenes, como se hacía en los pizarrines de escuela con tizas de colores. Al fin y al cabo, en todas partes: la bahía gaditana donde nací, la tierra castellana donde me crié, la urbe madrileña donde me eduqué, las ciudades donde viví, los puertos españoles que visité y la ciudad que me adoptó, Almería, las "tabletas" siempre fueron las de chocolate.

La verdad es que tengo la sensación de haber visto a más vecinos que nunca y, además, el deseo de verles cada tarde, a las ocho en punto, en la rutina diaria de dar gracias a unos y de hacernos presentes para decir que se está "al loro" de lo que pasa. Y es así, porque asomados al mundo a través de los medios digitales, esos ventanales del puente de gobierno de nuestros barcos virtuales, se puede ver todo el horizonte, sin reparos, exclusiones o sectores muertos. Se puede hacer vigilancia omnidireccional de la realidad, con tiempo y a fondo. Es mejor que limitarse a las ruedas de prensa, esas que se han vuelto semicircunferencias, hemiciclos donde unos hablan y otros reciben sólo respuestas redundantes a sus preguntas, con lo mismo que ya se dijo, nunca sobre lo ocultado. Falta por ver que, ya sin preguntas, en ese proceso de mimetismo formal con una religión, se conviertan en púlpitos desde donde proclamar dogmas mundanos imposibles de creer.

Después de este vagabundeo por la mar de ocio, en la doble acepción de masa de agradables cosas que hacer y de la mucha cantidad, habrá que mirar el libro de faros y buscar uno alto, con destellos bien reconocibles y cerca

del puerto al que se quiere arribar. Alto, para que su luz se vea pronto por encima del horizonte. Con destellos reconocibles para saber cual es y, así, constatar que se va en buena dirección. Además, en este punto, conviene plantearse si se quiere volver a la dársena de donde se salió, fondear en las proximidades de un base conocida o aventurarse a recalar en un puerto diferente. Las tres opciones son posibles.

A vueltas con la realidad, hay pocas dudas de que la alarma por emergencia ya sonó bastante. Ahora se está, con certeza, en otra cosa. Las posibilidades para arribar a puerto seguro se asimilan mucho al trío de opciones que se plantean en la gestión de crisis: "desescalar", "mantener el status quo" o "escalar". En un análisis sintético de pros y contras. "Desescalar" sería levantar el estado de alarma, regresar a puerto conocido. Así se reduciría la incertidumbre porque ya se sabe lo que hay. Por contra, obligaría a que cada uno asumiera individualmente medidas contención para reducir el riesgo de contagio. Fondear cerca de una base conocida sería "mantener el status quo", vivir aislados como hasta ahora pero con la esperanza de que la meta esta cerca. Sin embargo, el cansancio y la incertidumbre mellarían el ánimo de la gente. "Escalar" sería como recalar en un puerto diferente que, aunque crease la esperanza de mejorar la situación, conllevaría abandonar la idea de volver a casa.

Después de la experiencia acumulada en esta navegación, se certificó la responsabilidad de la gente para quedarse en casa, el buen hacer de profesionales y la entrega de muchos anónimos al servicio del público. Así que me inclino por regresar al puerto de donde salimos, esto es, levantar el estado de alarma y devolver la normalidad a nuestras vidas porque ya sabemos lo que hay que hacer. Con ello, además de reconocer lo grande que somos los españoles, se evitaría el monopolio sobre el poder, la economía y nuestras vidas que algunos quieren imponer.

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