Tribuna

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

Fernando Martínez ha leído El Quijote

Fernando Martínez. Fernando Martínez.

Fernando Martínez.

DE izquierdas, aun bailando la yenka al revés. Socialista, antes que sanchista. Historiador, antes que político. Intelectual y comprometido. Hombre de una sola mujer, aprendió de Alfonso Guerra a llevar la camisa antes que el traje. Le cuesta ponerse la corbata, pero la lleva bien planchada cuando el guion lo exige. En los paisajes telúricos de Vélez Blanco, aprendió que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos y que la vida es una odisea homérica, la cual hay que leer mientras muere el día y despierta la noche. Afable y cercano, Martínez sabe que, para ganar, hay que jugar las diez de últimas y, si es posible, ser Stu Ungar en el póquer, Magnus Carleen, en el ajedrez y Joaquín Martínez, en el dominó. No es actor, pero interpreta el diálogo con la luz del alba: camino adelante, con el reloj de las horas como testigo. Desenterró al general Franco, con dos cojones, en directo y sin nodo. Quizá, aprendiendo de Gary Cooper, Solo ante el peligro, y midiendo la indescifrable arquitectura del destino. Mar adentro, desde un mirador de la Alcazaba; un poema de Berlanga, en la íntima memoria, la cual proyecta la almena de los siglos.

Fernando sabe bailar el rock y el twist, el pasodoble y el tango. Gardel, en cada sílaba del ayer de los segundos, que acuden al instante cuando los versos de Machado se hacen eternos leyendo a Byron: horizontes infinitos en las preguntas y respuestas de las calas, que son misterio y enigma. Es secretario de Estado, cuando pudo ser ministro o vicepresidente del Gobierno; mas piensa en los arcanos como páginas latinas de pergamino. Siempre supo quién es, más allá de los sueños calderonianos que se desvanecen. El secretario de Estado de Memoria Democrática ama la política, porque descubrió su etimología en la lucha por la libertad, como símbolo de una sinfonía de Mahler en el silencio de una madrugada. No tiene sastre, ya que no es Rasputín. Camisa de cuadros y estilo Surestes al viento, para subir al atril, nunca se puso la pana de Felipe, aunque sí la cazadora de cuero negro, estilo bomber. Ajeno al código Smart, no lleva vaqueros, ni el look progre, ni zapatos de serraje y pelo relamido, ni viste en Adolfo Domínguez. Se pasa por el arco del triunfo a la jet set y la beautiful people, sin decir una sola palabra. No olvida que el mejor momento para hablar es cuando clarea el día, rumbo a la ficción en la cual consiste la vida, como si fuera un poema nerudiano leído por Allende; antes del olvido: nunca después. Tertuliano y conversador, para él, la dialéctica está en Hegel y Sartre; Kant y Azaña; Althusser y Foucault.

El catedrático de la Universidad de Almería y secretario primero de la mesa del Senado percibe que Madrid es un círculo de influencias, donde el periodismo ya no es Larra, sino un discurso que fluye por la hermenéutica de la metáfora; izquierda y derecha; sálvese quien pueda: infinitos libros: cada hoja y cada línea, entre anaqueles. Apostó por Pedro I el Temerario y recibió puñaladas por la espalda que supo esquivar borrando las cicatrices que perduran como un grito, el cual se hunde en la voz. Sin ser torero, cogió espada y muleta y supo torear emulando a Joselito y Belmonte en los confines que rigen los clarines. No usa gafas King Size, ni Ray Ban, ni jipis, aunque sí, unas graduadas, que no son las Persol de Steve McQueen, sino de montura estrecha, como las de Benjamín Franklin, para leer a Marx y Engels y divisar Ítaca en el destierro de Ulises. Es consciente de que el Madrid de los Austrias y el de los Borbones es un capítulo que hay que conocer para que la historia no se repita de la misma manera que se tuitea en las esquinas del poder.

Fernando Martínez siempre pensó que, entre la sinfonía número cinco, en do menor, de Beethoven y un capítulo cervantino, está la virtud de un buen político. Va y viene a la Villa y Corte, ya que adivina que el omega 3 del pescado de Almería es imprescindible para que las neuronas no sufran el paso del tiempo, que Francisco de Aldana recitó en sus versos de papiro. Leyó el Quijote y caligrafió el adagio de Alonso Quijano: «Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa». No se olvida de que en el Rastro permanecen las pocas verdades que en el mundo han sido. Entre pianos y violines; saxos y acordeones; camisetas del Atleti y de la UDA. ¡Vino y migas, gachas y cordero asado, bilbaos y alfajores: Vélez Blanco, Vélez Rubio, Chirivel y María!

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