Semana Santa

Hoy mi hermana se viste de nazarena

Nazarenos de la Hermandad de Pasión. Nazarenos de la Hermandad de Pasión.

Nazarenos de la Hermandad de Pasión. / Javi Alonso

Parece que fue ayer cuando me presentaban a una niña llorona, muy chiquitita, a la voz de “esta es tu hermanita”. Yo, todavía sin ser muy consciente de lo que esto significaba, observaba a un bebé que no dejaba de llorar que, al acariciarlo, paraba y se quedaba mirándome fijamente para esbozar una sonrisa que, sin yo saber muy bien, despertaría en mí un sentimiento que nunca más desaparecería.

Han pasado bastantes años desde aquella primera sonrisa cómplice entre hermanos que, como no podía ser de otra manera, han dado lugar a más de ellas. Y entre todas, una que cada año es muy especial y se repite: el momento en el que, vestida de nazarena y antes de irse a la iglesia para salir en la procesión, ella me busca para que termine de darle los últimos retoques y quitarle las arrugas a la túnica y a la voz de “listo”, veo esa sonrisa al girarse para despedirse de mí que no cambiaría por nada. “Te veo luego pero recuerda que no puedo saludarte ni hacerte gestos que voy de penitencia”, me dice, como si desconociera las reglas.

En el fondo, me considero un poco culpable de su pasión por vestirse de nazarena. Desde muy pequeña, veía como cada Lunes Santo me ponía mi túnica morada y era la persona más feliz. Ella veía todos los preparativos que hacía de los cuales, ya me encargaba yo de hacerle partícipe. “Tráeme los guantes por favor… ¿vamos a por caramelos para la procesión?... ¿limpiamos los zapatos para que estén relucientes para esta noche?”, todo lo que se me ocurría intentaba que ella lo hiciera conmigo, por lo que esa ‘chispa’ fue creciendo en ella hasta que un día, me acuerdo de que estaba estudiando para un examen de Lengua, cuando ella entró en mi habitación diciendo “hermanito tápate los ojos por favor”.

Cuando ya me dijo que los abriera, delante de mí pude encontrar una papeleta de sitio que, al centrarme en ella, pude comprobar cómo su nombre aparecía en ella. Sin decir palabra alguna, la miré y antes de que pudiera decir algo, corrió a abrazarme tan fuerte como la emoción le dejaba en ese momento. “Esta Semana Santa va a ser muy especial”, me dijo al oído.

Desde entonces, cada año ninguno de los dos hemos faltado a esa cita ni a ese ritual de preparar las cosas juntos. Hemos ido creciendo y como no puede ser de otra manera, hemos ido teniendo otras responsabilidades propias de nuestra edad, pero siempre hemos buscado ese momento para buscar algo que nos hiciera falta para la procesión.

Las buenas costumbres no deben perderse y en este caso, tampoco los momentos de los que, cuando pasen los años y ya no podamos acompañar de manera activa en nuestras hermandades, quedarán siempre grabados tan dentro de nosotros que al recordarlos, parezca que fue ayer cuando esto sucedió. Pero para esto, nunca mejor dicho, si Dios quiere, quedarán muchos años y por lo tanto, quedarán muchos años de seguir escribiendo anécdotas en esta historia que llaman vida.

Hoy mi hermana se viste de nazarena. Reconozco que estoy nervioso. Bueno, reconozco que cada año me pongo nervioso. Las miradas dicen mucho, en ocasiones más que las palabras, por lo que cuando esta noche la vea en el cortejo no hará falta que me haga ningún gesto, ninguna sonrisa.

Con solo mirarnos, ya nos diremos todo. Sé que tras esa túnica irá mucho más que una persona de penitencia. Irá un sentimiento, una pasión, alguien que irá feliz porque piensa que todo esto vale la pena, que necesita hacerlo para recargar pilas para el resto del año y acompañar a unos titulares por los que siente devoción.

Yo veré simplemente a mi hermana, esa que se encarga día a día de recordarme que los sueños están para cumplirlos y que si se hacen con alegría y sintiéndolos de verdad, saben mucho mejor.

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