Centenario | Murió en Madrid el 11 de julio de 1920

Eugenia de Montijo... "Las aguas del Darro por las del Sena"

  • Se cumplen cien años de la muerte de la granadina que se casó con Napoleón III y 150 de la guerra de Francia con Prusia que la llevó al exilio

30 de enero de 1853. Boda de Napoleón III y Eugenia de Montijo en Nôtre-Dame de París. 30 de enero de 1853. Boda de Napoleón III y Eugenia de Montijo en Nôtre-Dame de París.

30 de enero de 1853. Boda de Napoleón III y Eugenia de Montijo en Nôtre-Dame de París.

Esta semana se conmemoran las dos muertes de Eugenia de Montijo (1826-1920), la andaluza que más ha mandado en la historia, una granadina tan universal como Bernarda Alba o Mariana Pineda. Hoy se cumplen cien años de la muerte de este personaje crucial en la Europa del siglo XIX, que desde el 30 de enero de 1853, día en que contrae matrimonio con Napoleón III (1808-1873), se convierte en emperatriz de Francia hasta el 4 de septiembre de 1870. El 19 de julio se cumplen 150 años de la otra muerte de Eugenia de Montijo. Ese día comienza la guerra franco prusiana que va a significar aparte de una sangría de muertos el final de un imperio, el francés, y el comienzo de otro, el alemán, representado por el canciller Otto von Bismarck. En 1920 muere Eugenia de Montijo en el Palacio de Liria del ducado de Alba, al que perteneció por matrimonio su hermana Paca; medio siglo antes muere simbólicamente la emperatriz.

Fue coetánea de Galdós, pero sus episodios nacionales los escriben Stendhal y Flaubert. Prima del ingeniero jefe, fue la madrina de la inauguración del Canal de Suez. Su hijo sobrevivió a la guerra con Prusia y murió en Sudáfrica a manos de los zulúes

María Eugenia Palafox Portocarrero y Kirpatrick, que era su verdadero nombre, nace en Granada el 5 de mayo de 1826, justo cinco años después de que muriera Napoleón Bonaparte, el emperador que soñaba con ser Alejandro Magno y que repartió coronas entre sus hermanos. El hombre que la hace emperatriz, Napoleón III, nace el 20 de abril de 1808, el año de la batalla de Bailén, la primera gran derrota de las tropas de su tío. El emperador era el segundo de ocho hermanos. Al primogénito, Pepe Botella, lo hizo rey de España, y para él luchó Cipriano de Teba y Guzmán y Palafox y Portocarrero, el padre de Eugenia. Perdió un brazo en la batalla de Gibraltar y una pierna y un ojo manipulando un fusil en el arsenal de Sevilla. Con la llegada de Fernando VII, se sumó al levantamiento de Riego. El 15 de octubre de 1815 se casó con María Manuela Kirpatrick, nieta de un comerciante de vinos escocés a quien George Washington nombró cónsul de Estados Unidos en Málaga.

El matrimonio tuvo dos hijas. En 1825 nace Paca. Un año después, Eugenia. El parto se adelantó dos semanas, Granada fue sacudida por un terremoto y vino a este mundo en una tienda de campaña, una premonición de los cambios tan tormentosos que vivió su vida. Le pusieron Eugenia por su tío Eugenio, hermano de su padre, el auténtico titular del condado de Montijo que ya se le quedó en los libros de Historia y hasta en la copla que le dedicó Rafael de León. "Eugenia de Montijo, / qué pena, pena, / que te vayas de España, / para ser reina. / Por las lises de Francia, / Granada dejas, / y las aguas del Darro, / por las del Sena. / Eugenia de Montijo, / qué pena pena".

Algunos consideran a Eugenia de Montijo la inspiradora intelectual de un disparate que empezó a minar el prestigio de la etapa imperial de Napoleón III. Francia apoyó con un despliegue militar (Inglaterra y España se echaron atrás) la operación de convertir a Maximiliano de Habsburgo, hermano de Francisco José de Austria y cuñado de Sisí emperatriz (Isabel de Baviera) en emperador de México. La sangría humana, material y de reputación fue impresionante. La noticia del fusilamiento de Maximiliano en Querétaro por las tropas de Benito Juárez llegó a París cuando la ciudad disfrutaba de la Exposición Universal de 1867, visitada por los principales jefes de Estado del mundo. El canto del cisne del imperio.

El disparate de México fue el contrapunto de otro momento en el que la imagen de Eugenia de Montijo saldría mucho más reforzada. A bordo de su yate particular, acompañada por sus damas de honor, recorrió las aguas del Nilo para ser en noviembre de 1869 la madrina de la inauguración del canal de Suez. Una apuesta impresionante de ingeniería que dirigió Fernando de Lesseps, que había sido embajador de Francia en Madrid y era primo de Eugenia de Montijo. Aquellos fastos vinieron acompañados por la creación de la ciudad de Ismailía, la presencia de miles de visitantes y el estreno dos años después de la ópera Aida de Verdi.

Imaginen la estampa de felicidad de Eugenia de Montijo amadrinando el nuevo milagro del mar Rojo en 1869, el mismo año que surcará esas aguas con la imaginación Julio Verne, que publicó la primera entrega de Veinte mil leguas de viaje submarino. No había transcurrido ni un año desde entonces cuando la emperatriz volvía a embarcarse en condiciones muy diferentes. Francia había perdido la guerra con Prusia. Su esposo, Napoleón III, estaba a punto de capitular; su hijo, Eugenio Napoleón, había partido para el frente con uniforme de alférez y sólo catorce años de edad. Ayudada por su dama de confianza y los embajadores en Francia de Austria e Italia, para evitar una nueva noche de Varennes, atravesó el pasadizo secreto que unía las Tullerías con el Louvre, le hizo una reverencia al cuadro del naufragio de la Medusa de Gericault y salió huyendo de la masa. La emperatriz se convertía en la fugitiva. Jean des Cars, autor de una apasionante biografía de la granadina (editada por Ariel, a ese libro pertenecen las fotografías), utiliza esa expresión con la que Marcel Proust titula el penúltimo de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido. Fracasa en sus dos primeros intentos de encontrar un cómplice para la huida. Finalmente encuentra cobijo y ayuda en Thomas Evans, un dentista norteamericano por cuya consulta parisina pasaron el Papa Pío IX, Luis II de Baviera y la pareja imperial francesa. El dentista la acompañó para coger un barquito que la llevó desde Deauville hasta Southampton. El inicio de su largo exilio.

En Inglaterra se reencontraba con la reina Victoria, que reinó en Inglaterra durante 64 años, pobló de hijos y nietos las coronas europeas y dispensó un trato muy hospitalario a su huésped. Una visita bien diferente a la que Napoleón III y Eugenia hacen a Inglaterra en 1855, dos años después del matrimonio. La reina y el príncipe consorte devolvieron la visita a París, cosa que no hacía un miembro de la monarquía británica desde 1431.

En 1870 pierde el imperio y el favor de los franceses; en 1873, muere su marido. Un Napoleón muy singular: hijo de Luis Bonaparte, el quinto de la saga, que fue rey de Holanda, es el típico político que se reinventó. Cuando los franceses le hacen la cruz a su tío, el sobrino padeció prisión, se fugó vestido de albañil, vivió el exilio hasta que regresa en 1848. Se convierte primero en presidente de la República, después en emperador. En 1879, Eugenia perderá lo que más amaba. El niño de 14 años que sobrevivió a una guerra que en su país se cobró medio millón de víctimas, que se alistó en el ejército británico, iba a morir el 1 de julio de 1879 en Sudáfrica en una emboscada de los zulúes. No había imperio y tampoco herederos. Se deshacía el proyecto de haberlo casado con una hija de Isabel II.

Eugenia de Montijo muere en 1920, el mismo año que Galdós. Sus episodios nacionales fueron diferentes. La amistad de su padre con Próspero Merimée y sus campañas con Napoleón le hicieron a su progenitor pensar en Francia cuando España empezó a convertir en cotidianos los alborotos y pronunciamientos. Eugenia se doctoró en literatura francesa. Stendhal la tuvo en sus rodillas y le contaba vivencias de sus viajes y su testimonio de los combates napoleónicos; Merimée fue su profesor de francés; llegó a París cuando la ciudad se regía por los modales dictados por Balzac en sus novelas. En alguna de sus recepciones, quiso borrarle a Flaubert el estigma de haberse adentrado en tabúes con Madame Bovary; a los jefes de Estado que visitaban la Exposición de París les regalaba una guía de la ciudad con un prefacio de Víctor Hugo; Zola cubrió como periodista la inauguración del Canal de Suez; y la sombra de Alejandro Dumas es permanente por las continuas infidelidades del emperador.

"¡Muerte a la española!", gritaban en las calles cuando la situación se volteó. El sambenito permanente. "Eugenia siguió siendo la Española como llamaron a María Antonieta la Austriaca", escribe Jean des Cars. A la segunda le dedicó Stefan Zweig una biografía en la que aparece escoltada por las vidas de Casanova, Hernán Cortés o Dostoiesvki. La vida de Eugenia de Montijo siguió siendo un terremoto como el que azotó la ciudad de Granada el día que nació. De joven soñaba con ser la preferida del duque de Alba que al final se decidió por su hermana. Duque descendiente de la maja desnuda de Goya. Mientras desde España llegaban noticias de muertes de políticos (Prim en 1870, Cánovas en 1897, Canalejas en 1912), Napoleón III sobrevivió a cuatro atentados. Cinco si se incluye el intento de un refugiado polaco de acaba con la vida del zar Alejandro II que lo acompañaba en el coche que recorría el París de la Exposición de 1867.

Igual que a Sisí emperatriz, a Eugenia de Montijo la retrató Winterhalter; el músico Emile Waldteufel, conocido como el Strauss francés, le dedicó un vals titulado España. Inglaterra se convirtió en su tierra de promisión. Eugenia de Montijo respondió con lealtad a esa acogida, al fin y al cabo era nieta de un británico que comerciaba con vinos en Andalucía. Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, otra vez Francia contra Alemania, transformó su residencia en hospital y cedió su yate privado al almirantazgo británico. El rey Jorge V la nombró caballero del imperio británico.

El hermano mayor de Napoleón fue rey de España y un Montpensier perdió por un duelo la corona. La hija de Cipriano y Manuela se convirtió en emperadora de los franceses. Invirtió la ruta de los cien mil hijos de San Luis. Cien años después de su muerte, otra andaluza, gaditana de San Fernando, paisana de Camarón, ha sido reelegida alcaldesa de París. La ciudad que deslumbró al mundo en 1867, tres años antes de que Eugenia empezara a perderlo todo.

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