El coral y las aguas - Inútiles totales | Crítica La altura de un siglo

  • Cátedra arroja una luz en cierto modo insólita sobre la obra de Juan Eduardo Zúñiga, al recuperar ahora las dos primeras novelas breves que publicó el autor, quien en adelante sería reconocido sobre todo como autor de cuentos

El escritor Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919). El escritor Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919).

El escritor Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919). / Sergio Barrenechea (Efe)

El segundo de los dos textos de los que toca hablar hoy, Inútiles totales, sirve bien como tarjeta de visita. Un ambiente gris y opaco, el del Madrid cercado por la guerra, donde dos jóvenes, uno de ellos "un tipo anémico y alto que llevaba unas botas desmesuradas" intiman en la cola del racionamiento; atardeceres interminables, a menudo batidos por la lluvia, entre socavones y perros callejeros; una tertulia en una librería, los libros de esa librería, y otros que se leen en cuartos apartados donde tiembla la luz de la bombilla; y por último, pero sobre todo, un amor inalcanzable, una muchachita que vivió en París y lee a Alfred de Musset y ante la que es inevitable hacer el ridículo cuando uno es un inútil total, según certifica con brutal franqueza la cartilla de reclutamiento.

Se trata del primer título de Juan Eduardo Zúñiga, no se sabe muy bien si novela o cuento, que el propio escritor autopublicó en un tomito de 71 páginas, con una viñeta a plumilla en la primera, en el año 1951. Por entonces, un poco como refleja el relato, solía reunirse en un café de la Puerta del Sol con otros aspirantes a escritor o escritores patentados (estaba allí Buero Vallejo), y se leían en voz alta unos a otros lo que la soledad o el aburrimiento les iban dictando. Fueron los pioneros del realismo social madrileño, ese género del color del cemento armado que quiso redimir nuestra literatura emparentándola con los tornos de la fábrica y el corral de vecinos y que, ya por entonces, recibió el despectivo marchamo de escritores de la berza; en un artículo más neutral y sin duda más justo, Ignacio Echevarría los calificó de "la generación olvidada". Zúñiga pertenece y no pertenece a la banda, como suele ocurrir con todas las familias reconocidas, o inventadas, por la crítica y los filólogos.

Este hombrecito frágil, de piel de pergamino, que aparece en las fotografías enmascarado tras una barba levítica y unas gafas como hemisferios, acaba de cumplir la venerable edad del siglo. Sus primeros recuerdos de escritor, nos dice, se remontan a un invierno de los años 30, en que vio caer la nieve sobre Madrid: de algún modo misterioso, al contemplar cómo aquel manto blanco y tenue forraba los baldosines de un patio entrevió toda la literatura que habría de deslumbrarle en el futuro y que él trató de imitar, la de las estepas, los infinitos vastedades de la tundra y el alma eslava.

Admirador de Turguéniev y de Chéjov, Zúñiga pasaría a convertirse en uno de los principales valedores de la literatura rusa en España, a cuya difusión contribuyó no poco en su tarea de reseñista y traductor. El dato no es una mera curiosidad biográfica: la querencia por lo ruso, por la complejidad psicológica, el dilema, el dolor íntimo, la contradicción, y, sobre todo, el reflejo de las luces y sombras del carácter en el paisaje que lo circunda van a tener una influencia decisiva en su propia obra, que supera con creces, pero esto ya lo hemos dicho arriba, los estrictos márgenes del realismo social de posguerra.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

No tan difundido ni homenajeado como otros escritores que ya protagonizan obituarios, Zúñiga es reconocido sobre todo como autor de cuentos o series de cuentos. Flores de plomo (1999) o Capital de la gloria (2003), entre muchos otros, son un buen ejemplo de su estilo concentrado, atento al episodio, con una especial predilección por el retrato de personajes y su reflejo en el escenario que los recubre, el último personaje al cabo. La edición de Cátedra que comentamos hoy, preparada por Luis Beltrán y Ángeles Encinar, prefiere presentárnoslo bajo una luz más insólita y, así, elige rescatar los dos títulos con que abrió fuego en el campo editorial, la breve Inútiles totales, de la que he hablado al principio, y la muy curiosa El coral y las aguas, que obtuvo el premio de la revista Acento Cultural en 1959 y fue publicada por Seix Barral en 1962, sin apenas resonancia.

La crítica le fue esquiva, cuando no hostil, lo que sin duda influyó en el silencio que debía sumir al autor durante las décadas siguientes: el editor, Carlos Barral, llegó incluso a alterar el texto de contraportada con el fin de hacer más atractivo para el público un libro en el que no veía mucho y que sin duda no comprendió. Es fácil entender por qué: una novela sobre una joven que recibe la revelación de un espíritu en una cueva 2.500 años atrás no era pasto para una época saturada de crónicas de casas de vecinos, denuncias sociales y un concepto de estilo directamente vinculado a la tapia del patio del cuartel.

Un lastimoso error. Porque a la distancia del medio siglo, El coral y las aguas (corregida en otra versión que apareció en 1995) se revela como un excelente ejercicio de narrativa histórica, trufado con elementos psicológicos, que orilla el nivel más exigente de Marcel Schwob y Thornton Wilder. De manera calidoscópica, se nos presentan las vidas entreveradas de una decena de personajes en torno al siglo cuarto antes de Cristo: la doncella Paracata, elegida por un dios para que conozca la terrible catástrofe que se avecina; el pescador Ictio, su amante y amado, que halla una rama de coral liberador en una esquina de su red; Asbestes, el vil comerciante, sólo atento a engrosar sus riquezas hasta que todas ellas se disuelven en el polvo, en uno de los capítulos más memorables; el soldado Ipóptero, cansado de bruñir armas en un sótano donde la libertad es sólo un espejismo.

Presentada en un lenguaje de una tersura exquisita, que recuerda a las alegorías modernistas, esta fábula sobre la rebeldía, el valor de la lealtad, la caducidad de las cosas terrenas y el sentimiento de justicia presenta claves que remiten al contexto en que fue redactada, la triste posguerra y el desaliento de los vencidos, pero merece ser leída contra un horizonte más amplio: como un friso de los anhelos y fatigas del hombre en la búsqueda de su destino, independiente de épocas y modas estilísticas, y que revela por qué José Eduardo Zúñiga, a la altura de un siglo, merece ser considerado un clásico con mayúsculas, no menor que otros.

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