Cultura

Otro Moretti que incumple sus promesas

Drama, Italia-Francia, 2011, 104 min. Dirección: Nanni Moretti. Guion: Nanni Moretti, Francesco Piccolo, Federica Pontremoli. Fotografía: Alessandro Pesci. Música: Franco Piersanti. Intérpretes: Michel Piccoli, Nanni Moretti, Margherita Buy, Jerzy Stuhr, Renato Scarpa, Roberto Nobile, Massimo Dobrovic. Cines: Alameda, CineZona.

Cuando Nanni Moretti rodó en 1976 su primera película (Io sono un autarchico) y cuando estrenó con gran éxito en 1978 la segunda (Ecce Bombo) el cine italiano se estaba muriendo biológica y creativamente. En 1974 murieron De Sica y Pietro Germi, en 1975 fue asesinado Pasolini, en 1976 moría Visconti y en 1977 el padre del cine italiano moderno, Roberto Rossellini. A partir de 1976 Antonioni ya sólo rodaría dos largometrajes mientras que Fellini, más longevo creativamente, estrenaba ese año su penúltima obra maestra, Il Casanova. Sergio Leone hacía cinco años que no dirigía y tardaría siete en volver a hacerlo. Bertolucci triunfaba en el 76 con Novecento, consagrado como el nuevo dios del cine italiano tras el éxito cuatro años antes de Último tango en París, pero pronto La luna indicaría el inicio de su imparable declive.

En esos años, entre 1976 y 1978, las esperanzas del cine italiano estaban puestas -además de en Bertolucci- en Ermanno Olmi, que tras una década de silencio había regresado triunfalmente con El árbol de los zuecos pero no volvería a rodar hasta cinco años después, y en los hermanos Taviani, que se habían impuesto con Padre padrone. Pero Olmi y los Taviani rondaban entonces los cincuenta años. ¿Dónde estaba el futuro del gran cine italiano? En Nanni Moretti, que había triunfado con 25 años. No fue así y en las siguientes dos décadas se demostró que el gran cine italiano, el que había deslumbrado al mundo entre 1945 y finales de los años 70, había muerto. Algunos nombres interesantes, el de Moretti entre ellos, no lograron resucitarlo.

Moretti parece un gigante porque vive en tiempos de enanos. En la edad de oro del cine italiano hubiera estado por debajo de los maestros de la comedia como Monicelli, Risi, Scola o Comencini. Salvo en Caro diario (1993) parece incapaz de redondear una faena. Tras una década de pocas y poco logradas películas Habemus Papam parecía el regreso del mejor Moretti. Incluso su renacimiento como cineasta. No es así.

En la primera parte de la película parece capaz de logarlo. Pero desgraciadamente todo se viene abajo en la segunda parte. De poco le sirve encomendarse a San Federico Fellini citando en los primeros minutos La dolce vita (el helicóptero sobrevolando el Vaticano) y Roma (el desfile de moda eclesiástica).

El inicio es impactante. El Papa ha muerto. Grandiosos funerales en el Vaticano. Desfile de ancianos cardenales camino de la Sixtina para encerrarse en el cónclave. Un buen golpe: se va la luz en la Sixtina, los cardenales se ponen nerviosos, uno se da un castañazo. Vuelve la luz y todos rezan para no ser elegidos. La primera parte, muy lograda, trata de la elección como Papa del cardenal Melville (Michel Piccoli) y de sus escrúpulos y dudas para aceptar un nombramiento que estallan justo cuando su nombre va a ser proclamado desde el balcón de la basílica de San Pedro: no puede ni quiere ser Papa, el peso le abruma.

Pasan minutos… Horas… Días… El mundo contiene el aliento. Urge ocupar la vacía cátedra de Pedro. Se desata una frenética carrera contra reloj entre los escrúpulos del cardenal y la urgencia por proclamarlo Papa de sus colegas, que además son sus rehenes porque no pueden salir hasta que la proclamación sea hecha pública. Desesperados recurren a un sicoanalista (Nanni Moretti) al que las restricciones vaticanas, que le son impuestas en una de las mejores escenas cómicas de la película, dejan poco espacio -hasta físico: habrá de sicoanalizarlo en medio de un corro de cardenales y será recluido en el Vaticano- para trabajar. El duelo entre Moretti y Piccoli es soberbio… Mientras dura, que es poco. Esta primera parte tiene trozos de gran cine (la soledad de los cardenales en sus dormitorios) y un tono de rara ironía fúnebre. Pero a partir de un golpe de efecto que no desvelaré la película se bifurca entre las humoradas cada vez menos sutiles de Moretti y las angustias de Piccoli, que la sostienen hasta que su personaje sucumbe también a giros inconsistentes (y penosamente pedantes) de guión. Desde ese momento, apenas mediado su metraje, la película decrece hasta terminar decepcionando. Sin que la salve el destello final. Otro Moretti que incumple sus promesas.

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