OBITUARIO

Fallece un hombre bueno, Ramón Parra Acero

  • Cuando se hartó de mirar por la ventana, dejó correr esos primeros días de octubre

Ramón Parra Acero. Ramón Parra Acero.

Ramón Parra Acero. / diario de almería

Desde el balcón se domina una plaza flanqueada por naranjos, y en la plaza la vida bulle sumergida bajo un cielo azul de otoño en el que la estela de un avión pincha las nubes antes de enfilar definitivamente el horizonte.

Tiempo atrás, cuando acabó aceptando la encerrona que lo mantenía confinado dentro de aquella casa, con el tiempo remansado entre sus cuatro paredes empapeladas con las fotos de varias generaciones, solía asomarse inquieto por esa ventana, removiéndose sobre un mullido sillón, entretenido en la estampa que proporciona la melancólica fuente, los mayores dándose conversación al amparo de una mancha de sombra y el rumor tranquilo de los chorros de agua, protestando en silencio porque era consciente de que ese espacio, el de afuera, el de la calle, el de los bancos de la plaza, ya estaba irremisiblemente perdido. Pero todo tiene un límite. El aguante también. Y cuando se hartó de mirar, o quizá de imaginarse mirando, con el otoño recién estrenado, dejó correr esos primeros días de octubre hasta esa mañana que para a él amaneció a la hora incierta en la que el sol ya despunta por encima del campanario de la Iglesia de la Encarnación para llamar a mi madre. Gritó su nombre con los ojos abiertos de par en par y la voz hundida en la garganta. Y de ese modo se dejó ir, sin una protesta, sin un reproche, notando el aire tibio que por última vez iba a llenar su pecho, quizá repasando con urgencia la arquitectura derribada de una larga vida.

No quiero ni puedo olvidar la letra metida, ligeramente inclinada a la derecha

No quiero quedarme con la imagen del coche fúnebre recorriendo a ralentí la calle empedrada, acompasando nuestros pasos detrás de su cuerpo ya desprovisto de cualquier rastro de vida. No creo que ese haya de ser mi recuerdo. Por eso me basta con entornar los párpados para atraer a la memoria una tarde de junio en la que mi padre enderezaba la corriente de agua dulce del canal por las acequias excavadas en la tierra fértil a golpe de azada, con los pies hundidos en el barro hasta las rodillas y la camisa sudorosa remangada a la altura de los codos; o aquel día en que, con su canana de cartuchos anudada en la cintura, los dos camuflados bajo la fronda de una larga vara de olivo, me señalaba con el brazo extendido el vuelo elegante de un águila que se sostenía en vilo encima de nuestras cabezas; luego me viene a la memoria su cuerpo derrengado en el bordillo del portal de casa, de esa otra casa de mi infancia, dejado caer hacia atrás y apoyado sobre las palmas, esperando a que yo llegue con mis trece años recién cumplidos para despeinarme los rizos de la frente cuando atravieso la puerta. Esas manos de acariciar que también eran las de un trabajador incansable, al que las claras de un domingo de romería de finales de septiembre lo pillaron agarrado en la dura faena de moldear la arcilla y ahí seguía, ladrillo en mano, sobre un lecho de cenizas, polvo y orujo, cuando en el fondo ya asomaba la noche sobre el perfil de Sierra Morena y yo aparecí de repente, estrepitoso, abrazado por los hombros a los amigos del barrio, por la pendiente del zumacal.

No quiero ni puedo olvidar la letra metida, ligeramente inclinada hacia la derecha, con la que escribía su nombre al firmar el cuaderno de notas que me entregó aquel viejo profesor que tanto alentó mi carrera. Ni la emoción contenida con la que mi padre mostraba a Mario los frutales reverdecidos tras el largo invierno o las flores nuevas que despuntaban en las hortalizas perfectamente ordenadas en el huerto en miniatura que levantó con sus manos en un recodo del Rumblar. Ni sus ojos licuados cuando le tiembla en las manos, sobre las que le azulean las venas, la foto que sostiene entre los dedos y en la que aparezco ya con el pelo cano, serio y vestido con toga.

A mi familia se le ha ido un marido, un padre, un abuelo y bisabuelo. Al mundo, un hombre bueno. Descansa en paz papá.

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