Obituario

Mar Villalobos Montes

Germán Montes, el carpintero que dejó un gran legado a los vecinos de Berja

El virgitano falleció el pasado 26 de enero a los 87 años de edad

Germán Montes, el carpintero que dejó un gran legado a los vecinos de Berja Germán Montes, el carpintero que dejó un gran legado a los vecinos de Berja

Germán Montes, el carpintero que dejó un gran legado a los vecinos de Berja

Eran las ocho y media de la mañana, parecía un amanecer cualquiera, pero no lo era. Germán Montes se levantó como de costumbre a las ocho de la mañana, desayunó su tradicional café con leche acompañado de pan con aceite, que tanto le gustaba. Abrió las puertas de su taller, a pocos metros de su casa. Ese día tenía entre sus manos el encargo con el que había soñado desde que decidiera ser carpintero. Tomó las medidas y empezó a dibujar un boceto a escala del trabajo que le habían pedido. Su nuevo proyecto medía seis metros de alto y cerca de cuatro de ancho. Necesitaba muchos meses para acabarlo, mucha madera y mucho sitio donde montarlo. Ya estaba jubilado, no le importaba el tiempo que tardaría en hacerlo, sabía que ése sería su legado, el legado que dejaría a su pueblo: la puerta de la Iglesia de la Anunciación de Berja. Fue su último gran trabajo, un sueño hecho realidad.

Germán Montes era un carpintero de vocación. Fue de esos niños que dejaron de jugar para labrarse su futuro. Creció viendo coser a sus padres en la sastrería que regentaban en la calle Fuente Toro. Pero no siguió con la tradición familiar, como sí hizo su hermano Mario. A los trece años Germán, le dijo a sus padres que quería ser carpintero. Comenzó de aprendiz en la carpintería de Ricardo García Torres. Cuando tenía dieciséis años, se inaugura en Berja la Escuela Arte y Oficios, en la que entró como alumno y Ricardo, su mentor, como profesor. Allí, aprendió dibujo y se especializó en ebanistería. Durante más de una década trabajó en distintos talleres, perfeccionando su oficio. Con veintinueve años abrió su propio taller, en la calle Alférez de Berja.

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En los tiempos en los que no existían tiendas de muebles, un carpintero lo fabricaba todo. Germán era de esos artesanos de los que apenas ahora quedan. Quien lo conoce sabe que no había nada que él no pudiera crear. De hecho, se fabricó su propio torno casero con motor eléctrico. La madera se convirtió en el mejor aliado de su vida. En los más de cincuenta años de carrera profesional, talló con sus manos miles y miles de puertas, ventanas, muebles, barandas, cocinas, mesas, armarios… Sabía tornear, lacar, barnizar; la carpintería fue avanzando y sus trabajos también. Siempre decía que en casi todas las casas de Berja había algo suyo. Hace unos años, le pregunté qué le parecían las nuevas tiendas de muebles, tipo Ikea. Su respuesta fue: “La vida va evolucionando al igual que los trabajos, sólo hay que adaptarse a cada tiempo que nos toca vivir”.

Germán tenía una gran fortaleza, escaso pelo y un humilde bigote que permaneció intacto al paso del tiempo. Era de carácter alegre, bromista, cantarín pero muy serio en su trabajo. Un trabajador incansable, un hombre honesto, al que le gustaba ir de frente en la vida. Su mayor preocupación siempre fue su trabajo, sus encargos, su perfeccionismo. Y lo más importante, su familia. Trabajó toda la vida para dejar un buen porvenir a los suyos.

Apasionado de la Semana Santa, fundó la Hermandad del Santísimo, formó parte de la Hermandad del Santo Sepulcro y de la Hermandad de la Virgen de Gádor. En la actualidad, pertenecía a la Mayordomía de San Marcos. Fueron muchos años de dedicación y también pudo aportar su granito de arena como carpintero, fabricando las andas de distintas imágenes y restaurando los tronos. En el Museo de la Semana Santa de Berja, se conserva el recuerdo de su esfuerzo: el banco de trabajo y sus herramientas.Su tiempo libre transitaba por la vega, una finca que compró en los años ochenta cuando las parras dominaban el paisaje virgitano. Plantó naranjos, ciruelos, higueras, chumberas y hasta olivos con los que elaboraba sus aceitunas de mesa. En estos meses nos tocaba recolectar naranjas en su compañía. Ataviado de su cesto casero, que se enganchaba al cuello y su gancho para llegar a las más altas, recorría la finca con nosotros. Pasear con él por la vega era como andar por un paraíso lleno de vida, que él había creado, mientras los perros correteaban a nuestro alrededor. Cuando llegaba la hora de comer, el olor de azahar se mezclaba con el aroma a papas a lo pobre y carne guisaba que preparaba mi abuela Angustias. Frente al fuego de la chimenea, compartíamos las comidas de domingo con mis padres Pepe y Angustias, mis hermanas Gádor y Carolina, mis tíos Germán y Mari Carmen. Y más tarde mis primos Clara, Ángela, Germán y Darío. A nuestro lado, el abuelo Germán, “papi” para nosotros, cantando una de sus canciones favoritas : “Dos cruces”. La vida transcurría sencilla, sin preocuparnos por el paso del tiempo, porque nadie pensaba que todo aquello algún día sólo serían recuerdos.

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Lo recordamos ahora que la vida se ha llenado de mascarillas, cuarentena, pesadillas y tristeza. Detrás de cada cifra de fallecidos, hay historias como la de mi abuelo. Las personas mayores son las más afectadas por esta situación, pero cada vez que alguno de ellos se va nos deja huérfanos a todos. Huérfanos de su sabiduría. Sabiduría que tenían los hombres y mujeres de antes.

En la memoria de todos los que tuvieron la suerte de conocer a “papi”, estará ese hombre servicial que regalaba serrín y tacos de madera a muchos niños de la época. Un hombre trabajador. Buena persona. Buen padre, buen tío, buen hermano, buen amigo, buen vecino. Y, sin duda, el mejor abuelo que se puede tener. Era mi más fiel seguidor, me esperaba todas las tardes delante del televisor para ver mis reportajes, deseando que nos viésemos para poder comentarlos.

Hoy es un día triste porque todos los que le queremos le diremos adiós con una misa en la Iglesia de la Anunciación de Berja. Pero también será un día de orgullo porque le recordaremos como él siempre se mereció: unidos por su recuerdo. Su legado es como aquella madera que moldeaba: robusto e imbatible.

A partir de mañana, seguirá siendo el gran abuelo que fue. Y yo su nieta siempre agradecida, la nieta de Germán el carpintero. Descansa en paz, Papi.

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