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Una realidad plural

Los gobiernos han de ser reflejo de nuestra pluralidad, la única manera de integrarnos en proyectos colectivos que nos seduzcan a las mayorías

Esta semana pasada hemos vivido dos intensos debates parlamentarios al albur de respectivos presupuestos presentados por nuestros dos Gobiernos, el Central y el Autonómico. Gobernados por partidos distintos, ambos gobiernos en coalición, han corrido diferentes suertes. En el fondo, cuando unos presupuestos no se apoyan, se revela una falta de apoyo parlamentario que puede adivinar una crisis. Como el político, en el sentido de gobiernos de Derechas o de Izquierdas, no es el motivo de esta columna, sino en el sentido de la convivencia ciudadana, derivo que ha sido más sencillo resolver el rompecabezas en el caso de los Presupuestos Generales del Estado que en los Presupuestos Autonómicos, siendo aquél de mayor complejidad por su mayor número de piezas.

Hay, al menos, dos elementos a destacar y no dejar pasar de largo, pues, a mi entender, son muy reveladores de nuestra sociedad. Por una parte, la extrema derecha se ha opuesto a ambos. ¿Los motivos? En el caso español, razones tan faltas de objetividad como hilarantes: "son los presupuestos de ETA"; y, en el caso andaluz, "por continuistas y socialistas". Como estrategia no está nada mal: las masas que los apoyan no caerán en la cuenta del disparate de darles su voto hasta tiempo después de formar gobiernos en el Estado y en algunas comunidades, que lo harán; al tiempo.

Por otra parte, la aprobación de los PGE, en una primera lectura, me anima a valorar la pluralidad de nuestro país. Una pluralidad que hay que aprender a valorar en como instrumento de convivencia en positivo. Porque la convivencia es inevitable, pero puede ser insoportable. De este modo, que estemos (pocas veces) de acuerdo o no (casi siempre) con cómo se reparten los presupuestos (en Almería, como bien sabemos, siempre tendremos déficit de kilómetros de vías férreas), el debate ha de ser sobre inversiones concretas, y no sobre debates vacíos, llenos de verbo grandilocuente, que igual valen para un mes de noviembre que uno de abril, donde sólo se persigue desprestigiar al adversario y enardecer a los propios, sin necesidad de argumentos razonados.

Otros dos los elementos me preocupan: que la ciudadanía no descubra, por un lado, su fuerza mediante el voto, poniendo y quitando gobiernos; y, por otro lado, que esos gobiernos han de ser reflejo de nuestra pluralidad, la única manera de integrarnos en proyectos colectivos que nos seduzcan a las mayorías.

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