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Tribuna

Pedro Martínez Pérez

Educador social y miembro del Club Literario Negra Noche

Estocolmo 2.0 #21

Dudo mucho que la ingeniería social no tenga metidas sus truculentas manos debajo de casi todos los guiñoles que nos adulan a diario a través de cada pantallita electrónica

Estocolmo 2.0 #21 Estocolmo 2.0 #21

Estocolmo 2.0 #21

No sé qué pensar... Me enorgullece que venga promovido por la juventud tanto como el movimiento en sí, al que sin duda me adhiero, pero me da el pálpito de que los enfermos del capital han urdido una catástrofe ambiental y climática que no piensan solucionar. Pujarán por habituarnos a respirar sujetos a cables y bombonas, a comer saltamontes y a olisquear desmemoriados las joyas naturales más hermosas jamás vistas, tal y como hoy paseamos entre los restos de civilizaciones antiguas, aflojando ahorros para ver ruinas. Que sean una estirpe perniciosa no tiene discusión, como tampoco la tiene que sean estúpidos. Sospecho que han situado a Greta en el centro de la escena para desatar socialmente otro animal emocional -el del sentimiento maternal- en el clímax de la mayor campaña de marketing que haya visto la humanidad, colofón que insta a firmar, ya mismo y en bloque, la ansiada permuta energética. Hablamos de un cambio radical a nivel psicológico, político, industrial, económico, socio-cultural… y esto, compañeros, exige movimientos lentos, mucho tacto.

El poder quiere transformar su forma de hacer dinero, pero necesita mover hábilmente a su intrincado y desmesurado rebaño. Necesita ponerlo de acuerdo, sin que se percate, para conducirlo hacia la "verde" pradera. Redil virgen, como la Luna, continente de ese elixir capaz de devolver la vida al capitalismo, reinventándolo. La pradera actual está devastada y el escaso licor del viejo modelo se encuentra bajo poder militar latinoamericano; al otro lado del estrecho de Ormuz (lejos de brindar un jugoso beneficio exento de conflicto); o consagrando las reservas norteamericanas (gracias a las cínicas "guerras púnicas del siglo XX"), las cuales van a experimentar una inminente explotación. La última cena antes del sacrificio, al doble de precio y con beneficio congelado.

El petróleo ha sido siempre un peligroso, lucrativo, frágil y finito soporte energético, que muchas estrellas del teatro global ya no controlan como les gustaría. El poder fáctico nos ha cebado borrosamente durante años con la urgencia de este cambio, a la vez que nos invita a subir al coche diariamente para ir a trabajar o al avión cada diez meses, buscando olvidar el acoso que te acompaña incluso a la hora de comprar, plastificados, sus bonitos alimentos -descanse en paz de 7:00 a 7:05, tras ahorrarle al mar la bolsita de la caja y a su bolsillo, esos céntimos que cuesta soportar que le mientan a la puta cara, cada día-.

Jamás ha sido un problema para los de arriba propiciar dicho cambio en detrimento del tejido social global y el medio ambiente. Todos los climas, especies y ecosistemas del planeta están implicados ya, en jaque, a punto, con retratos en streaming que aguijonean nuestro afán de cambio cada pocos días. Si estás atento, cada pocos minutos. Con todo y tras colocar a una niña a punto de convertir en paño de lágrimas los bastidores de la ONU frente al mundo entero, pocas cosas deben faltar para que alguien nos salve, conceda y dé gusto a nuestra unánime petición de zambullirnos al fin en esta más que anhelada transición energética. Me pregunto si lo que sigue será realmente fruto de una necesidad imperiosa, un movimiento social espontáneo y unos líderes comprometidos políticamente con la vida en el globo.

Dudo mucho que la ingeniería social no tenga metidas sus truculentas manos debajo de casi todos los guiñoles que nos adulan a diario a través de cada pantallita electrónica. A menudo se hace difícil desatender al chasquido de sus dedos bajo la gomaespuma, buscando limpiarnos la baba y recuperar nuestra mirada antes de asestarnos otro revés. La nueva década de los veinte nos saluda, pongámonos guapas y enamorémonos, viene con maquillaje natural y reciclada moda, pero con el mismo olor a manipulación que la última vez. Irreconocible ¿verdad? Quién necesita originalidad en la era del envoltorio.

Decía al principio que no sé qué pensar porque no sé hasta qué punto nuestras cabecitas de pájaro pueden cribar y ordenar tal vastedad de estímulos, para luego reorganizarlos hacia el propio provecho, veraz y eficazmente -el inmenso océano de la desinformación convierte cada reflexión en pura paranoia-. Pero, sobre todo, lo decía porque me asedia horriblemente tener que aplaudirles la jugada, porque, aunque intuya que me están engañando, no me queda más alternativa que lanzarme conmovido a sus cínicas garras

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