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La fragmentación política, por la crisis, el desgaste de los viejos partidos y la búsqueda de alternativas, ocurre en toda Europa. Pero no justifica el bloqueo que se produce aquí en los últimos años, ante la incapacidad de Rajoy o Sánchez de conseguir apoyos y la resistencia de los demás a cooperar. La actitud de Susana Díaz en 2016, desde su fortaleza orgánica e institucional, al permitir la abstención del PSOE para desbloquear la situación tras dos elecciones, ha sido una sensata excepción que ella ha pagado muy cara en el plano partidario y electoral. Pero ahora es un mérito en el currículo de la ex presidenta andaluza.

Han surgido populismos extremistas de izquierda y derecha que tienen seguidores como en otros sitios. Falta sin embargo en el Congreso un actor de moda en Europa que es el ecologismo; segundo en los sondeos en Alemania, cerca de los democristianos, muy por delante de los socialdemócratas. Pero carecemos de dos cosas más en España: madurez y modo de empleo. Sánchez ha propuesto cambiar el artículo 99 de la Constitución para que a la fuerza más votada llegue a La Moncloa.

Pero hay otras fórmulas. En Bélgica tienen una figura eficaz, el informador. Un mediador a quien el rey encarga sondear a todos los partidos, buscar fórmulas de gobierno, programas comunes y reparto de carteras. Trabaja con sigilo, no filtra documentos; su labor es neutral. Las coaliciones son imprescindibles allí por la fragmentación y la duplicidad de todas las fuerzas en francófonas y neerlandófonas.

Jean Luc Dehaene fue formador de muchos gobiernos en la larga era de mandatos de Martens y su capacidad para generar empatía le convirtió en el primer ministro que sustituyó a su mentor. En la actualidad, tras las elecciones federales de mayo hay dos personas con ese encargo, un liberal valón y un socialista flamenco y la base del gobierno que se perfila es de nacionalistas flamencos con socialistas valones. Más que una reforma constitucional aquí necesitaríamos un manual de instrucciones para movernos en la nueva situación.

Y también un cambio de actitud de los líderes. Pero eso es más difícil de conseguir por la inmadurez de los dirigentes de los cuatro grandes partidos. Y su inexperiencia: ninguno ha formado parte de un gobierno antes. Hay un punto adolescente en sus relaciones. Empezando por Sánchez que en la época de no es no, en agosto de 2016, le dijo a Rajoy en el Congreso que la responsabilidad de no haber conseguido el favor de 176 diputados era "única y exclusivamente" del líder del PP. Sus acólitos no mejoran el panorama. Ábalos dice que les han robado el voto y Simancas que "una mayoría de españoles votó al PSOE". Hombre, votó a los socialistas el 20% del censo y el 28% de los electores. Después nos quejamos cuando Puigdemont y Torra hablan en nombre de todo el pueblo catalán. La prepotencia es muy mala. Eso sí que quita el sueño. A los demás.

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