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El jueves se dictó el veredicto del Jurado declarando culpable a la acusada, Ana Julia Quezada, de la trágica muerte del pequeño Gabriel Cruz. Unos hechos terribles que merecen la calificación de asesinato con alevosía. Y no tengo motivo alguno para recelar de que el juicio no haya sido justo. Pero sí me ha dejado un ingrato aroma de linchamiento mediático, el trato que algún diario local ha dado al caso, con un alarmante desprecio por la presunción de inocencia que merece todo encausado, hasta que se dicta el fallo en un proceso con las garantías legales. Porque ni tal presunción ni tales garantías son formalismos excesivos, como gusta de calificarlas el vulgo. Han costado milenios de sangre y barbarie, incorporarlas al sistema judicial. Y desde luego entiendo, cómo no, que se cuestione por el inexperto: ¿si el acusado ya ha confesado su autoría, desaparece su derecho a la presunción de inocencia? Claro que no. Un juicio es un reto social de máxima exigencia, como todo lo relacionado con la sed de justicia que atenaza al ser humano. Por eso, en un juicio serio, hay que verificar la realidad y contexto de esa confesión. Hay que verificar, hasta donde la ciencia permita, la etiología, las causas del desafuero. Y hay que graduar, luego, posibles circunstancias atenuantes o agravantes, dilucidar eventuales eximentes, complicidades, etc., una tarea difícil ya de respetar cuando se está justamente indignado, y casi imposible de observar si además hay juicios paralelos en los medios que crean opinión y perturban la objetividad del jurado. Porque más que informar, desprestigian al reo o reducen su credibilidad a cero. Una práctica censurable, certificada en una tribuna de La Voz del domingo pasado (hasta el mejor escribano, ay, echa algún borrón) que envilecía la declaración de Ana Julia, tildándola de engaño y de acumular cinismo y crueldad, cuando aún no existía veredicto y pendían informes periciales basilares para evaluar la culpa y grado que, en su caso, merecieran sus actos. Pero quien opinaba, ya juzgaba y anticipaba el futuro veredicto. Que luego acertara o no en su predicción, no redime la presunción de culpabilidad alevosa con que Ana Julia fue juzgada a ojos de quien, como se exige a toda la prensa, debe velar por la pureza de las pautas democráticas más básicas, y nunca publicar como hecho cierto lo que, en ese momento, no pasaba de ser una conjetura periodística.

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