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Simplemente populismo

No existen populismos de izquierdas o de derechas. Identifican los problemas, pero yerran en la solución

Una tragedia nos puede tranquilizar más que una farsa. Lo afirmó Pérez Reverte en una de sus novelas, y estoy absolutamente de acuerdo. Habrán podido comprobar en algún momento de sus vidas que la verdad, si mala, conlleva dolor, perturbación, incluso consigue aniquilarnos. Pero, a pesar de todo, siempre es preferible terminar viviendo con el padecimiento de la realidad, que no levitar hasta la muerte, anestesiados en la ficción y apuñalados con la mentira. Esta reflexión encajaría a la perfección con los efectos que produce el populismo en la sociedad de nuestros días, una plaga que llevamos padeciendo tiempo, y cuya propagación preocupa cada día más.

La victoria esta semana de Donald Trump en Estados Unidos apuntala aún más ese temor, y no es de extrañar, pues horroriza imaginar sus políticas con las palabras dichas en campaña. Éste, una pieza más del gran dominó, al que se une Marine Le Pen en Francia, el Brexit de Gran Bretaña, o los nacionalismos extremistas de centro Europa. De derechas todos, se señala. En nuestro país, fue con Podemos y sus dirigentes cuando se empezó a hablar del populismo, tachado de izquierdas. Dicen que un comunismo descafeinado y barato, un "colaíllo" a saldo de la filosofía de Marx y Engels, o de su ideólogo ruso, Lenin, ejecutado por Stalin. Lección de historia que algunos estudiamos, para poder negar, y que otros deberían conocer antes de hablar, aun someramente (por ejemplo, la última novela de nuestro paisano Gonzalo Hernández Guarch).

No existen populismos de izquierdas o derechas. Son lo mismo, y todos saben identificar los problemas de la gente, como nadie, porque beben y se reproducen con ellos. Pero yerran en los métodos para solucionarlos, utilizando la exclusión y el enfrentamiento, la destrucción de los principios y pilares del mundo que hemos conocido hasta ahora, el mejor de nuestra historia reciente. Para algunos, el único que hemos visto. El populismo debe combatirse desde las instituciones huyendo de la hipocresía, los convencionalismos y la corrección excesiva a la que nos tienen acostumbrados los políticos (postureo lo llaman ahora), afrontando seriamente esos problemas, y resolviéndolos, sin ataduras a los partidos ni miedo a perder la comodidad y los réditos del poder. Es esto último precisamente la causa de la ineptitud y, a la postre, del auge de los populistas, ¿no se dan cuenta?

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