Sobrevivir a la dictadura de unos labios

La humanidad siempre ha tenido la obstinada obsesión de dar nombre a todas las cosas que íntimas mueven el mundo. Adelantarse al movimiento del aire, precipitarse sobre el vacío de una boca, sobrevivir a la dictadura de unos labios. Nombrar todo aquello que es imposible de acotar con tan solo una palabra. Así es, como se gestan las grandes historias de los seres humanos. Un ser vivo que huele el padecimiento de los hombres y de las mujeres y que se alimenta de sus almas, hasta la extenuación. Sin embargo, pienso, cómo es posible dar fin a un dolor que se sabe que es infinito. Que se conoce que no tiene fin. Que abarca mares, océanos y continentes. Que no tiene límites. Que los pechos de los hombres, su playa es. La redención sólo sirve para tapar unas heridas apenas. No hablo de odio, sino de memoria, de historia, de víctimas que siguen esperando saber cuáles fueron sus verdugos. De hijos que se despiertan en la madrugada, con las mandíbulas acribillando el aire entre los dientes, con los párpados ajados sobre sus pechos, proclamando el nombre de ese padre o de esa madre que ya no está entre nosotros. Cómo es posible dar fin a un sufrimiento. Cómo podemos sanar las heridas aún abiertas de esa madre que deambula entre cipreses, con el viento aún golpeando sus mejillas, clamando sobre la roca el nombre de ese hijo que jamás volverá a casa. Cómo, amor, cómo. Cómo contar una historia que nunca debió pasar. Que al final, de tanto y tanto tormento, no sirvió para nada. Sino para vernos enfrente del espejo y admirar cómo el abominable hombre que no queríamos ser, volvía a salir a las calles, anunciándonos el avance del terror. Cómo, amor, cómo. El dolor no tiene dueño. Nos concierne a todos. De él venimos, hacia él nos encomendamos. Con la determinación que lo hace el mar, cuando a golpe de ola sola, se apresura inevitable sobre los cuerpos, con la sumisión y la humildad con la que se presentan las cosas más bellas de la tierra. El dolor no tiene dueño, ni tiempo, ni espacio. Necesita encontrar su lugar, para sanar -sólo él sabe dónde está-. Requiere la prudencia, como el niño que empieza a andar. Precisa de un hogar que lo acoja y que no lo arroje a la intemperie. Demanda que no nos aferremos a él. Porque todos hemos sido pasto, alguna vez, del secreto impero del dolor de todos los hombres y hoy hemos venido a proclamar que es la ternura la que tiene que ocupar su espacio.

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