Caminando

Epifanías de ultramar

Para qué buscar dentro lo que podemos encontrar fuera a cambio del dudoso prestigio que otorga ir por selvas ignotas

No voy a poner en duda lo enriquecedor que ha de ser dar la vuelta al mundo parándose en cada rincón comadreando con los lugareños, ni el valor de las experiencias acumuladas en el trascurso de viajes y encuentros con personas de culturas del todo ajenas a las inmediatas conocidas. Tampoco voy a entrar en apreciaciones de corte pragmático y logístico, como, por ejemplo, si para ganar mundología hay, como poco, dos claves de raíz más allá del mero ímpetu aventurero, a saber, tiempo y dinero. Diría quizá que también, como es habitual en todo, se le hace más fácil a uno que a una. No seamos tan falsos ni tan embusteros como para negar que ante una acción violenta o desagradable perpetrada sobre chicas viajeras la composición mental del imaginario colectivo responde con un casi inmediato "cómo se les ocurre ir solas". Todavía son demasiados los países, por muy idílicos que aparezcan en postales turísticas, donde las mujeres no son ni siquiera consideradas. Pero, como decía, no son estas las premisas de mi reflexión de hoy. Sí lo es asomarme a escaparates virtuales donde buscadores de iluminación comparten sus vidas, sus reflexiones y sus revelaciones llegadas desde tierras recónditas pobladas por sabios cuyas enseñanzas, y esto es lo más llamativo, difieren en poco o en nada de las que se puedan hallar sin apenas moverte de tu barrio. Pero, claro, para eso habría que querer abrir los ojos aquí con el mismo entusiasmo con el que se les abre allende los mares. Para qué buscar dentro lo que podemos encontrar fuera a cambio del dudoso prestigio que otorga andorrear por selvas ignotas. Para qué escuchar a tu vecino pudiendo prestar la oreja a nativos de tribus remotas y sermonear a todo oyente con discursos tan obvios como la blancura del caballo de Santiago. Que cada cual busque sus epifanías donde mejor le parezca, pero ensalzar conductas a miles de kilómetros sólo porque no nos da la gana mirar lo que hay cerca es tan injusto como estúpido, por no decir pedante, y hay tanta pose, tanta moda y tantas ganas ser investido simpatizante de espiritualidades milenarias que a poco que se amplíe el ángulo de la foto puede verse el óxido, la falta de brillo e incluso a veces hasta la ruindad escondidos tras tanta sonrisa serena y tanto ceño circunspecto. Después de todo, ir al fin del mundo en busca de luz y sabiduría para al final darte cuenta de que no hacía falta irse tan lejos.

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