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Domesticación del arte

Todo arte nace de la libertad pero aspira a ser institucionalizado. Y en esa contradicciónse mueve la mente del artista

En su libro de reciente publicación, "La domesticación del arte", Laurent Cauwet analiza de forma lúcida los mecanismos que el poder utiliza en los Estados democráticos más desarrollados para domesticar e institucionalizar el arte y a los artistas. Con un discurso literario brillante y una fina ironía va desmenuzando los resortes que la "empresa cultura" (bajo esta acepción define a las instituciones públicas estatales de cultura) emplea para fagocitar y apropiarse de los productos artísticos, incluidos los críticos o transgresores, y modelar su discurso en beneficio propio, a fin de que su capacidad de control y supervisión alcance una eficacia plena y, como suele decirse, "nada se le escape". El Estado autodefinido como "progresista" acepta de buen grado las creaciones críticas, incluso subversivas, e incluso en ocasiones las reconoce como propias y, aparentemente, las incorpora a su corpus teórico de progresía. Deja al artista reivindicativo ejercer su libertad para ofrecer una idea de mentalidad abierta, de progreso y de vanguardia, y después lo oficializa, lo institucionaliza, y a la postre lo domestica y lo proletariza. Por lo general, los artistas aceptan encantados estos "reconocimientos" y con ellos venden su verdadera libertad al Estado. En el fondo, Cauwet se limita a contar ideas que a muchos puedan parecer novedosas, pero no es así, son obviedades. Las modernas democracias usan mecanismos mucho más sutiles y sofisticados para domesticar y apropiarse del arte en beneficio propio si las comparamos con tiempos pretéritos en los que el poder actuaba, en estas tesituras, de una forma mucho más radical y a las claras. El asunto, por tanto, no es nada nuevo. Desde que el arte surgió en las civilizaciones, siempre ha tenido una estrecha relación con el poder, hasta el punto de que podemos afirmar, sin equivocarnos, que solo perdura el arte que sirve al poder o que, al menos, después de haber sido realizado es institucionalizado por éste, que para el caso es tanto como decir fagocitado o metabolizado por éste. Los artistas en el fondo lo saben y, por lo general, en todo tiempo y lugar, están encantados de convertirse en obreros del poder. El poder les ofrece posición, reconocimiento y la posibilidad de trascender, de obtener el aplauso. En el fondo, todo arte nace de la libertad pero aspira a ser institucionalizado. Y en esa contradicción, fascinante, se mueve la mente -libre y prisionera- del artista.

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